lunes, 20 de octubre de 2014

ANARQUÍA ANTICAPITALISTA: UN IMPOSIBLE LÓGICO

Voy a responder aquí, ya que en la bitácora donde aparece no se permite insertar más de un breve párrafo por comentario, al artículo  titulado "El anarcocapitalismo no existe".
Lo que en realidad no existe es ese anarquismo comunista coactivo que defiendes, porque tal quimera sí que constituye un oxímoron irracional. Quien se contradice brutalmente eres tú, como te voy a demostrar a continuación.
Los anarquistas estamos radicalmente en contra del dominio violento inicial del hombre por el hombre. Ahora bien, es preciso definir con absoluta nitidez a qué nos referimos cuando hablamos de violencia, más que nada para evitar situaciones absurdas como que a mí no me guste tu manera de vestir y te rompa la cabeza pretendiendo que es justa represalia a tu “violencia” indumentaria previa. No definir bien la violencia implica una situación de conflicto y guerra permanente, pues cualquier agresión podría justificarse alegando una supuesta violencia anterior. Si todo es violencia, nada lo es.
¿Qué es violencia? Para no caer en definiciones circulares y subjetivas, una buena heurística sería acudir al derecho penal común. Digamos que se trataría de promediar el concepto histórico de “violencia” que emplean los jueces del mundo. Creo que nadie sensato podría oponerse a asumir este criterio: violenta sería cualquier conducta personal castigada por un juez típico.
Ahora viene la pregunta del millón: ¿por qué la clásica retórica anticapitalista habla de “explotación” y no de “violencia”? Pues porque es evidente que no se refieren a lo mismo. Un anticapitalista parte del error fundamental de creer que las cosas tienen un valor intrínseco, dado de antemano. Exigir más a cambio es abusar o explotar. De manera que, por ejemplo, si andas muerto de sed por el desierto y aparezco ofreciéndote una botella de agua por un millón de euros, te estaría explotando. Pero no te estaría violentando. Violencia y explotación son conceptos muy distintos. Ningún juez corriente condenaría como reo de explotación a un vendedor que exigiera un precio superior al que el comprador considera justo (o viceversa), y no lo haría porque es evidente no sólo que no se trata de una conducta violenta ni mucho menos, sino que ni siquiera sería tipificable.
Violencia y explotación no son equiparables en modo alguno, y reaccionar con violencia ante un supuesto abuso es una desproporción criminal inaceptable. Si yo te miento, tú no puedes pegarme una puñalada ni meterme en la cárcel. La mentira es una inmoralidad que hay que corregir en su medida, por ejemplo, recriminando tal actitud ante los demás, pero sin sacar las cosas de quicio matando moscas a cañonazos.
No se puede tratar de corregir supuestos abusos o explotaciones, que en cualquier caso está claro que no son violentos, empleando una violencia inicial que todo anarquista debe rechazar por definición. Por consiguiente, si hablas de violencia y explotación indiscriminadamente, como si fueran agresiones de similar entidad, un control de precios, por poner un ejemplo, te parecerá algo razonable ya que corregiría un potencial abuso (un supuesto precio injusto que, sin embargo, ningún juez imparcial condenaría) con una preventiva violencia real (una clara limitación de la propiedad privada que entre particulares cualquier arbitro ecuánime castigaría); pero con tal actitud demuestras no ser un verdadero anarquista que rechaza el inicio de la violencia, pues la estarías ejerciendo no como respuesta a otra violencia sino a una supuesta explotación potencial que está claro que no lo es. Huelga decir que un anarquista que no rechace el inicio de la violencia sí que es una contradicción en los términos, pues supone justificar una agresión, un poder, que se dice abominar.
Es por ello que un anarquista verdadero está obligado a ser capitalista, o sea, a defender la libre actuación de la gente en paz y respeto al prójimo sin interferencias violentas. ¿Que fruto de esa libertad alguien propone acuerdos inaceptables? Rechácense sin más, pero no se viole la propiedad privada ni se coacciones a nadie, que es lo peor que puede suceder.
Comentas sin concretar que múltiples violencias estatales generan explotación. Lo que procede es identificar y atajar esas violencias que aludes, porque son malas en sí mismas con independencia de lo que generen, que es irrelevante en un primer análisis. El mal a combatir es la violencia, cualquier violencia; no eso que os habéis inventado (la explotación) para justificar la vuestra. Aprovecharse ocasionalmente de una debilidad ajena puede ser muy inmoral, pero no equiparable a la violencia sistemática, la mayor con diferencia de todas las inmoralidades, y  mucho menos combatible mediante ésta. Es la violencia estatal y política lo que genera esas debilidades permanentes de las que algunos (políticos) se aprovechan, pero en una sociedad libre, en un libre mercado, toda debilidad es transitoria y reversible de inmediato. En una sociedad libre, capitalista, cuando un trabajador eficiente  crea riqueza y la ofrece a cambio de que otros satisfagan sus deseos, puede parecer que les está obligando pero no es en absoluto cierto: los acuerdos son siempre voluntarios por definición; eventualmente, es posible que incluso se aproveche de una imperiosa necesidad de alguien para aumentar de manera temporal sus precios, pero los mercados libres tienden automáticamente al equilibrio y tales desajustes se corrigen por sí solos. En los mercados libres no existen  privilegios ni  debilidades o dependencias permanentes que explotar, eso sólo lo crea la violencia gubernamental. Sin embargo, grotesco sarcasmo, los estatales campeones de la violencia (de hecho, la monopolizan) y la opresión explotan las bajas pasiones del populacho, la envidia y el resentimiento, contra los trabajadores más eficientes y, por tanto, más ricos para justificar el despotismo oficial: agradecer nuestra violencia, nos dicen, pues sin ella no habría redistribución ni justicia social. Así crean miseria, desempleo y legiones de dependientes de subsidios y subvenciones estatales que explotar a gusto; auténticos esclavos víctimas de una violencia muy real, pero estúpidamente felices creyendo que sus amos y explotadores políticos les protegen de una ficticia “explotación” capitalista.
Lo que no tiene el menor sentido es que un anarquista muerda ese anzuelo. No se puede estar en contra de todo poder, de todo inicio de la agresión y querer abolir el libre mercado y la propiedad privada, porque para ello, para suprimir la libertad, es necesario constituir un poder y negar la anarquía. Los llamados anarquistas comunistas soy la viva contradicción y un imposible lógico evidente.
Si me dices que los “anarquistas comunistas” sólo pretendéis constituiros en comunas libres con propiedad colectiva de los medios de producción y estricto reparto igualitario de beneficios, pero sin obligar a nadie a integrarse en ellas ni inmiscuiros en la vida de los que piensan diferente y desean organizarse de otro modo, entonces no hay ningún problema. Venga esa mano. Cada cual que se organice y viva a su manera voluntaria y pacíficamente y que colabore o no con los demás según sus deseos. Pero es que a eso, precisamente, se le llama libre mercado, hijo: múltiples sistemas o comunidades voluntarias compitiendo (en el sentido de que, inevitablemente, unos serán más prósperos y harán más felices a sus miembros que otros)  en libertad.
A continuación  aclararé algunas de tus confusiones. Los liberales no estamos en contra de la gestión colectiva de recursos y asuntos, como tú aseguras, sino que somos radicales defensores de la propiedad privada. Creemos que el único bien moral absoluto es el ser humano, que no es sacrificable en beneficio de ninguna otra entidad, llámese pueblo, nación, raza, clase, etc. Si no se reconoce la propiedad privada, para empezar, nadie tiene derecho a la vida ni a procurarse medios de subsistencia, pues nadie estaría seguro de poder consumirlos. ¿Propiedad privada colectiva? Bien, siempre que se haya constituido de manera consensuada sin imposiciones ni usurpaciones ningún liberal tendrá nada que objetar.
Eso de que la gestión de la vida y recursos es colectiva, en el sentido de que todos aportan el mismo esfuerzo y mérito a la generación de riqueza, es notoriamente falso. Ahora bien, el reparto de beneficios podrá ser individual, en función del mérito, o colectivo, en función de la necesidad, según libremente se acuerde. Los liberales no presuponemos nada al respecto, sólo que lo que se decida sea unánimemente aceptado y acordado desde el principio; nadie puede ser obligado a integrarse en un sistema productivo y distributivo que no desee.
Reducir el liberalismo a egoísmo es una simpleza de parecido calibre a reducir el socialismo a envidia, pero además falsa por completo, ya que la libertad se puede emplear para fines tanto egoístas como altruistas.
Si el capitalismo se basara, tal como aseguras, (por cierto, intenta poner algún ejemplo ilustrativo) en el latrocinio o apropiación particular por la fuerza de lo que a todos pertenece, ya no sería una práctica económica basada en la propiedad privada, los contratos y el libre cambio y mercado, sino un contubernio bélico-político sustentado en el saqueo y la violencia. Atila  Gengis Kan, Hitler y Stalin habrían sido prototipos de capitalistas y cualquier pirata, un respetable empresario. Quien puede robar lo de todos con mayor facilidad robará lo de uno y entonces no existirá propiedad privada como concepto jurídico sino mera posesión a merced del más bestia. Si tú crees que ésa es la definición correcta de “capitalismo”, entonces es evidente que no estamos hablando de lo mismo. ¿Cómo el capitalismo puede representar a un tiempo propiedad privada irrestricta y latrocinio? Si falseas una idea para atacarla, estarás criticando un fantasma que sólo existe en tu mente. Si la adulteras y tergiversas al punto de que parezca denotar justo lo contrario de su auténtico significado, en lugar de criticarla, de hecho, la estarás apoyando. Cuando denuncias pillajes y apropiaciones indebidas, te adhieres de manera implícita al principio de propiedad capitalista. Cuando denigras las miserias y desamparos, abominas del socialismo, su principal promotor objetivo. Si, como insinúas, estás radicalmente en contra del robo y de la corrupción moral (y, por tanto, de los impuestos y coacción política), habrá que entender  que en realidad estás a favor de la propiedad privada (individual y colectiva) y de los  acuerdos libres y voluntarios. Habrá que entender que eres anarcoliberal aunque no lo sepas.
Capitalismo no es guerra ni conquista sino principio de no agresión. Es una concepción y filosofía de vida fundada en el escrupuloso respeto a la libertad y dignidad del ser humano y sus derechos de propiedad La privatización de la propiedad común muchas veces es la mejor solución a la llamada tragedia de los comunes, pero es condición liberal-capitalista que con ello nadie salga perjudicado ni vea menoscabados sus derechos.
Dices que los ricos generan miseria de la que tratan de huir generando más miseria. Si eso fuera cierto ya estaríamos todos muertos hace tiempo o convertidos al comunismo. Pero lo que cayó fue el Muro de Berlín, ese muro levantado para que la gente no huyera desesperada del “edén” comunista. Lo cierto es que  el capitalismo moderno trajo la producción masiva y creó la suficiente riqueza para que la población mundial se multiplicara por diez. Sin la capitalista revolución industrial lo más probable es que tú no existieras: debes literalmente la vida al capitalismo.
Dices que el liberal sólo persigue su interés. Es cierto, pero ese interés no tiene por qué ser monetario y puede ser altruista; por el contrario, históricamente se demuestra que quienes dicen preocuparse del interés de los demás no suelen tener en cuenta su opinión, pues creen gozar de una mente omnisciente que les faculta para conocer lo que les conviene a otros y lo imponen a sangre y fuego. La tiranía y la miseria son consecuencia inevitable del afán de ciertos “sabios” por proporcionarnos lo que necesitamos, que, por lo visto, sólo ellos  conocen y no nosotros. Adam Smith comprendió bien que cuando la gente trata de satisfacer sus fines personales coadyuva, como dirigida por una mano invisible, a la prosperidad general de la sociedad aunque no fuera ésa su intención original. Cuando un “gran timonel” comunista se empeña en que seamos felices a su manera, la ruina y el asesinato son el desenlace inevitable.
Sin embargo, poca cordura y congruencia cabe esperar de un anarquista tan especial como tú que adora el Estado y se queda tan ancho –menudo panegírico has soltado al final de tu perorata en defensa de lo necesario que te parece el Estado-, pero tiene la desfachatez de mantener que anarquismo y capitalismo, anarquismo y libertad, son ideas antagónicas. No se lo pierdan, el anarquista estatista dando lecciones de integridad y coherencia a los demás. ¡Vaya morro que tienes!
No sé qué cálculos habrás hecho, pero si el común de los mortales obtuviera más y mejores servicios a cambio de sus impuestos que los que podría conseguir en un libre mercado, tales exacciones no se llamarían impuestos. Se llamarían derechos, tasas o franquicias, serían totalmente voluntarias y habría que racionarlas, puesto que rigurosamente el Estado estaría financiando a la gente y no al revés.
Los impuestos, la obligación de pagar por servicios no solicitados, los pagan quienes por definición se ven forzados a un intercambio desventajoso y si, como aseguras tan ufano, la mayoría nos beneficiamos con el “contrato estatal”, sólo habría que obligar en el peor de los casos  a una minoría de ricachos que sufriera pérdidas netas; a la mayoría restante bastaría con expulsarla del régimen público cuando pretendieran escamotear su simbólica contribución, sin que debiera existir la menor obligación de integrarse en el sistema (sólo los más ricos); es más, se incentivarían las renuncias pues, en la medida que menos perceptores netos hubiera, más viable y solvente sería lo público. Si  tus conjeturas fueran ciertas debería de haber campañas incitando a la mayoría a abandonar el sistema apelando a la solidaridad con eslóganes como “sea responsable y manténgase por su cuenta, que ya gana bastante” Este razonamiento lógico tan sencillo demuestra que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad de quienes pagamos impuestos, resultamos sin género de dudas perjudicados.     





domingo, 9 de febrero de 2014

CRÍTICA DEL OBJETIVISMO.

Comenzaré presentando mis respetos hacia Ayn Rand, pensadora brillante y concienzuda con la que me siento básicamente identificado en el espíritu de su discurso, pero no en la letra.

No es difícil advertir que la mujer se hizo un lío de tres pares de narices. Persuadida de que todo sistema político se origina y fundamenta en una teoría ética, creyó necesario dotar al sistema político económico que defendía, el capitalismo de laissez faire, de una propia, la denominada ética objetivista, que contraponer a los, según ella, funestos códigos morales altruistas que han causado  “siglos de calamidades y desastres”. Vamos, que éramos pocos y parió la abuela. Como el capitalismo es ingenuamente rechazado por egoísta e insolidario, a esta buena señora no se lo ocurrió otra cosa que echar leña al fuego y decir que sí, egoísta y a mucha honra. Entró al trapo y se metió en un cenagal sin ninguna necesidad.

Porque en lo tocante a la ética, después del imperativo categórico del gran Kant no se puede decir nada interesante: “Obra según una máxima tal que se torne en ley universal”. Se acabó, todo lo demás son pamemas. Y esa ley o principio universal sólo puede ser que a ningún hombre se le permita iniciar la violencia contra otro. Tal sagrada ley no es un mero principio político de la ética objetivista, sino la piedra angular de la ética formal o racional. Es la ley natural.

Hablando con propiedad, la ética, como la justicia o la libertad, es concepto negativo; es decir, no es un principio de acción sino de inacción. Así como es libre no quien puede hacer lo que le dé la gana, sino el que no padece coacción, es ético no quien hace algo, sino quien se abstiene de violentar a los pacíficos.

Ni el capitalismo ni el hombre precisan de una guía de acción positiva. El gran error de Rand fue creer que sí. Basta con que ningún inicio de violencia les perturbe ¿A qué viene esa obsesiva crítica al altruismo? Resulta por completo indiferente que los fines pacíficos  promotores de la acción humana sean egoístas o altruistas; lo sustantivo es que sean libremente elegidos e implementados sin injerencias violentas. Parece inaudito que Rand haya caído en semejante confusión.

DEMENCIAL  ATAQUE AL ALTRUISMO.

Rand se ensaña con unos supuestos códigos morales altruistas culpables de todos los males de la humanidad. Serían los que decretan que “toda acción realizada en beneficio de los demás es buena y toda acción realizada en beneficio propio es mala”. Lo primero que cabe destacar es que tales códigos sólo existen en su imaginación, puesto que resulta evidente que ninguna moral condena, por ejemplo, alimentarse o evitar el peligro ni aprueba la satisfacción de cualquier interés o baja pasión por el mero hecho de ser ajenos. Es importante advertir que se trata de algo más que un abuso expresivo o licencia retórica: Rand cree realmente que para el altruismo, objeto de sus iras, “el beneficiario de una acción es el único criterio de comparación del valor moral de ésta, y mientras el beneficiario sea cualquiera salvo uno mismo, todo está permitido”.

En este punto, una primera y llamativa perplejidad nos invade. Aunque fuera cierto y no, como en realidad es, un notorio disparate que las denominadas éticas altruistas valoren una acción con el exclusivo criterio de quién sea el beneficiario de la misma ¿qué necesidad tiene Rand de abanderar el egoísmo por mucho que matice el concepto? Si, según ella, el altruismo se caracteriza por aprobar sólo los actos en beneficio de otros, su antítesis, el egoísmo, se opondrá admitiendo sólo el lucro propio y será, por tanto igual de reprobable. Tan absurdo es considerar igualmente inmorales a un industrial que amasa una fortuna y a un delincuente que asalta un banco, dado que ambos buscan obtener riqueza para su propio beneficio –indecente juicio moral del altruismo, según la autora-, como considerarlos igualmente morales –paralelo indecente juicio moral del egoísmo-. Los intentos de  Rand de hacerse trampas en el solitario reformulando a su antojo el concepto “egoísmo” son palmariamente falaces, puesto que por mucho que trate a posteriori de adornarlo, para evitar vulnerabilidades, no puede negar que es antitético de “altruismo” y si éste último comienza por definirlo ad hoc, para poder atacarlo a gusto, como el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio ajeno, todo beneficio ajeno y nada más que el beneficio ajeno, su antítesis tendrá que ser el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio propio, todo beneficio propio y nada más que el beneficio propio. Definir un concepto de manera cómoda para poder denostarlo y  pretender que su homólogo contrario significa lo que nos dé la gana es como un duelista que exigiera a su rival absoluta inmovilidad mientras él no para de moverse: una vulgar fullería.

Analicemos el virtuoso egoísmo de Rand. Se apresura a desvincularse del significado canónico o convencional de “egoísmo”; es decir, la condición de quien atiende sólo el propio e inmediato interés. Parece una platónica que reniega de los diccionarios convencida de que las palabras tienen una vida propia, una esencia, que debemos descubrir. Así, egoísta sería, según ella, “un hombre que se respete a sí mismo, un hombre cuya vida se sostenga por su esfuerzo personal, y ni se sacrifique por otros ni sacrifique a otros para su propio beneficio” No es una definición precisa, objetiva u operativa, pero ella cree que aquilata mejor la idea y acuña una nueva acepción embellecedora. El problema es que ésta resulta abiertamente inconsistente, porque si eso significa ser egoísta ¿qué significa lo contrario, ser altruista? ¿Ser alguien que no se respete a sí mismo y cuya vida se sostenga por el esfuerzo de otros, sacrificándose a veces por los demás y sacrificando en otras ocasiones a los demás para su propio beneficio? Rand manipula y distorsiona a su antojo el significado de las palabras aun a costa de caer en groseros sinsentidos, hasta que éstas pierden su utilidad pues ya no se sabe de qué se está hablando. Corromper el lenguaje es corromper el debate.

Sus pueriles intentos de redimir el concepto “egoísmo” sólo aciertan a refrendar lo evidente, lo que no precisa de ninguna apología pues cae por su propio peso: que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, que en la inmensa mayoría de situaciones la prioridad de cada uno ha de ser preocuparse por el propio interés antes que por el de extraños. Valiente perogrullada. Pero a quien procede así nadie le tacha de egoísta, sino que tal adjetivo se reserva para el que es incapaz de la menor generosidad, del menor esfuerzo por los demás sin retribución inmediata. Y esta actitud de racional no tiene nada, porque es patente que la mejor despensa para guardar alimentos excedentes es la barriga de los demás y su agradecimiento –primitivo contrato de seguro-; es notorio  que si un individuo realiza un pequeño esfuerzo para que otro obtenga un gran beneficio y viceversa, los dos saldrán ganando; es palmario que toda cooperación se basa en la confianza y en la satisfacción de los intereses contrarios. El egoísmo genuino es sumamente irracional y un lastre para el desarrollo humano, diga lo que diga Ayn Rand.

Similares consideraciones se pueden hacer sobre el patético ataque randiano al altruismo, noción que deforma hasta lo ridículo equiparándola al parasitismo; pero un parásito que explota a los demás es un brutal egoísta, no ningún altruista. Baste decir que en estricta coherencia con el pensamiento de Rand, dejar morir a los hijos por falta de atención no sería necesariamente una acción inmoral; a tales extremos de crueldad y locura conduce la descalificación genérica e irresponsable que perpetra de la idea de altruismo.

Recapitulando, Rand pretende haber realizado un capital descubrimiento: al contrario de lo que señala en sentido común, el egoísmo sería una virtud y el altruismo un vicio. ¿Cómo lo demuestra? Distorsionando los conceptos y restringiendo el análisis a los cuidadosamente escogidos supuestos que a ella le convienen. De una parte, descalifica global e indiscriminadamente el altruismo, reduciéndolo a un absurdo: la doctrina de que es malo preocuparse por el interés personal y bueno cualquier acto en beneficio de los demás por irracional que sea y sin que importe ningún otro criterio. En cambio, se cuida mucho de distinguir entre lo que llama egoísmo nietzscheano -la otra cara de la moneda, el inverso correspondiente al monstruo altruista que perfiló- y el, según ella, genuino egoísmo plasmado en el afán racional por el propio interés. Es decir, una actitud que ninguna moral conocida ha considerado jamás egoísta, el afán racional por el propio interés, es para la autora la perfección del egoísmo, mientras que una particular perversión que nadie sensato llamaría altruista, la gozosa esclavitud masoquista, agota para ella la noción de altruismo sin que quepa una versión racional que explique la proliferación de la tendencia a anteponer en ocasiones el interés inmediato ajeno al propio, universal en la naturaleza y sociedad. Nos hallamos, por consiguiente, a todas luces, ante una descarada parcialidad  similar al chovinismo de quien pretendiera demostrar la superioridad de sus paisanos por el burdo procedimiento de mencionar y destacar sólo exagerados  desastres foráneos, ignorando los éxitos, y, al revés, negando la nacionalidad a los compatriotas infames, reservándola sólo a quienes hubiesen protagonizado alguna gesta.

EL MAL ES LA COACCIÓN, NO EL ALTRUISMO.

Es muy cierto que  ideologías perversas han manipulado y utilizado de manera espuria la virtud altruista para arrimar el ascua a su sardina. Es muy cierto que han apelado y apelan al altruismo para fomentar el sacrificio borreguil a sus malignos intereses. Pero no es menos cierto que de idéntico modo han tergiversado y tergiversan  los conceptos de libertad y justicia y no por eso vamos a declararnos injustos y enemigos de la libertad. Parece mentira que alguien como Ayn Rand haya podido morder ese anzuelo.

Declararse egoísta, por muchos absurdos malabarismos dialécticos que se empleen, es de una estupidez insólita, no ya porque suponga otorgar armas al enemigo para que te machaque con razón, sino porque es un burdo error intelectual. Ninguna idea de libertad necesita de gente egoísta ni de códigos de conducta positivos, sino de ausencia de coacción. Punto. Si un individuo es libre, lo será para afanarse en procurar el bien ajeno aun a costa del propio o al revés, porque los fines y la búsqueda de la felicidad pertenecen al individuo y ni Rand ni ningún socialista son quiénes para señalar  caminos a nadie; sólo se puede y se debe exigir el uso de medios legítimos. Porque son los medios pacíficos, aquellos que no inician la violencia, los que justifican los fines, por muy equivocados que puedan parecernos, y no al revés. Así, sería perfectamente legítimo concebir el plan de destruir a la humanidad siempre que existiera compromiso de no emplear jamás ningún tipo de inicio de compulsión física o violencia, limitándose, por ejemplo, a aconsejar el suicidio en masa.

No necesitamos que Rand o cualquier otro iluminado nos trace senderos ni morales prácticas obligatorias. Con el exclusivo y fundamental principio ético basado en el imperativo categórico, la ley racional de no iniciar la violencia, no sólo es bastante sino el máximo bagaje exigible. No existe ningún otro deber categórico, lo demás son competitivos deberes hipotéticos que cada cual es muy libre de asumir en orden a implementar sus particulares fines.

CONSECUENCIAS DE DECLARARSE EGOÍSTA.

Debería estar muy claro que el capitalismo, el compromiso de no violentar a ningún pacífico, lejos de ser intrínsecamente egoísta como pretenden sus enemigos y asumió neciamente Ayn Rand, es en realidad la apoteosis del más puro altruismo objetivo: la obligación de satisfacer  los intereses ajenos como condición previa a la satisfacción de los propios. Poco importa que ésa sea la intención original o no, porque éste es el evidente resultado. Cualquiera preocupado por el bienestar, propio y/o ajeno, con independencia de en qué orden, debe aceptarlo como el sistema socioeconómico más perfecto que pueda existir.

Reputar de egoísta al capitalismo es el despropósito más estúpido o sibilino y malvado que cabe concebir. Equivale a, por ejemplo, tacharlo de obeso y taciturno u otros adjetivos improcedentes

Tal despropósito constituye ante todo un fatal error intelectual que supone la pérdida de referencias objetivas, la miopía relativista y el acomodo de conceptos a conveniencias particulares. Análogo atropello al que comete el socialista que, de hecho, se declara buen ladrón y discriminador positivo que privilegia a los “débiles”, dado que roba y violenta para los pobres o el Estado; o el militar agresor que se tiene por buen homicida, ya que le mueve el bien de la patria. Lo mismo que Rand habla de la virtud del egoísmo, podrían estos otros hablar de las virtudes del robo y el asesinato, corrompiendo nociones básicas al punto de asimilar sus discursos a la mayor arbitrariedad y contaminando de raíz cualquier proyecto ideológico.

Pero tampoco son desdeñables los efectos de orden práctico o colaterales derivados de coquetear con bajas pasiones y malos instintos. Mitificar el egoísmo y reivindicarlo con orgullo equivale a convocar a los peores desalmados, que al fin se sentirán patrocinados y prestigiados. Como no podía ser de otro modo, el credo objetivista se ha convertido en nido de serpientes, un foco de fanatismo e irracionalidad impermeable a cualquier debate donde se defienden con impudicia barbaridades tales  como que unos padres pueden abandonar a su suerte a sus hijos cuando les plazca; una grotesca caricatura de  ese “salvaje liberalismo” tan al gusto de socialistas y colectivistas de todo pelaje. Como muestra de ello tenemos la página de Internet “objetivismo.org”, una especie de secta dirigida por un cretino de malas entrañas, un estafador intelectual que se presenta como un amante de la razón y el debate, pero que borra por sistema cualquier réplica que le pone en evidencia y no puede rebatir.

En resumidas cuentas, la música de Ayn Rand era buena, pero la letra infame y susceptible de grotescas interpretaciones para quien no sepa leer entre líneas. Con amigos tan confundidos el capitalismo y la libertad no necesitan enemigos.




domingo, 19 de enero de 2014

¿QUÉ FUE ANTES, EL HUEVO O LA GALLINA?

Sin la menor duda: el huevo. Algo que no era una gallina puso un huevo de gallina, pero es imposible que una gallina saliera de un huevo de otra cosa.

Ese aparente dilema insoluble que perturbaba nuestras mentes infantiles en realidad tenía una solución muy sencilla que además elucida el recurrente y artificioso debate del aborto. En efecto, si el ser humano surgiera después del instante de la concepción, sería una auténtica creación de la nada que exigiría una intervención divina, hipótesis infalsable que los adictos al método científico no podemos contemplar. Cualquier otra explicación hay que demostrarla y no basta con suponerla, pero los “escépticos” abortistas se parapetan tras ese dogma de fe y pretenden hacernos creer, nada menos, que una gallina puede surgir ¿por arte de magia? de un huevo de otra cosa o que un ser humano comienza a serlo después de la concepción,  en un instante que no precisan y en virtud de un inescrutable fenómeno del que tienen noticia no se sabe por qué misteriosa revelación.

Algo que no era una gallina, aunque sin duda se le parecía mucho, puso un huevo de gallina. Es decir, el salto cualitativo entre especies no puede tener lugar sino a nivel molecular, genético, y se materializa en el instante que los gametos conforman el cigoto, el nuevo ADN, no después, como es obvio. La brecha esencial que postulan los abortistas entre el embrión y ser humano no es, por definición, de orden inferior a la que existe entre especies, por tanto, debería forzosamente implicar un cambio genético que está claro que no sucede o, en su defecto, una misteriosa catarsis mística inaceptable desde el paradigma científico. Nos encontramos, pues, con el sarcasmo de que quienes descalifican, con total error, la condena del aborto como inspirada en meros prejuicios religiosos no pueden apoyar sus convicciones, en el mejor de los casos, más que en una suerte de secretas mediaciones sobrenaturales; creencias absurdas sin otra explicación que la mera conveniencia hedonista. Al menos, las creencias religiosas convencionales han debido superar un selectivo y secular control de calidad como toda institución social establecida.

No faltan tampoco quienes, conscientes de la imposibilidad de negar al embrión la condición de ser humano, se refugian, en una disparatada vuelta de tuerca, en marrulleros enredos semánticos. Instauran así una curiosa y arbitraria distinción entre seres humanos potenciales y reales. Por supuesto, según ellos, los seres humanos potenciales carecen de derechos. Es decir, preconizan una diferencia esencial (no gradual) entre el ser potencial y el real, del tipo, pongamos por caso, que existe entre un asesino, un cadáver, una embarazada, un aprobado, el hielo, etc. potenciales y los reales. Diferencias esenciales que se caracterizan, por definición, por un salto de fase o discontinuidad puntual, por un evento o fenómeno concreto que separa los dos estados con total precisión (Nadie puede ser un poquito asesino o un poco cadáver, estar un poco embarazada, suspenso o congelado; hay que asesinar, morirse o alcanzar el punto de temperatura adecuado para consumar la transformación esencial). Si entre el embrión y el ser humano real existe una diferencia esencial, la pregunta es, por consiguiente ¿cuándo se muere el embrión, el ser humano potencial, para que viva, para que surja el ser humano real? Tendrá que haber un misterioso instante clave ¿acaso una intervención divina? que hasta ahora nadie ha podido concretar porque, desde luego, no es nada evidente.

Si la transición de embrión a ser humano es gradual y no cualitativa (como por ejemplo, de niño a adulto o de delgado a gordo), entonces nada más hay que añadir: no existen diferencias esenciales entre la dignidad de un embrión y la de un ser humano.

Más necio y ridículo todavía es afirmar que un apéndice infectado o un tumor también son células humanas vivas y está claro que extirparlos no es un asesinato, cuando resulta obvio que el apéndice o el tumor no conforman un organismo completo sino una parte de él. Nadie sostiene que un ser humano sea algo meramente constituido de células humanas vivas, sino bastante más, a saber, una plena unidad orgánica y funcional no subsumida en un orden superior.

Debate cerrado. El aborto es un homicidio y a sus partidarios no les queda otra que argumentar, como hacían los nazis, por qué es tolerable, al menos en ciertas situaciones,  matar a seres humanos inocentes e indefensos. No lo harán, porque viven cómodamente inmersos en el imperio de la mentira y son cobardes hasta el tuétano, incapaces de enfrentarse a las implicaciones de unas premisas que aplican, pero que no reconocen abiertamente. Premisas que se compendian en un radical desprecio al derecho inherente de todo ser humano: el derecho a que no sea iniciada violencia contra él.

Conscientes de su inferioridad dialéctica, los abortistas soslayan el único aspecto relevante de la cuestión, rebatir que el aborto constituya homicidio, limitándose a confundir y distraer con pamplinas y demagogia. Así, son habituales en la propaganda abortista despropósitos tales como aducir que el aborto no es un capricho, que las mujeres tienen derechos y no están obligadas a procrear,  que no existe un consenso universal sobre la inmoralidad del aborto o que es “una exigencia democrática irrenunciable” separar la Iglesia del Estado. Objeciones absurdas puesto que si el aborto no es homicidio no vienen al caso, ya que sería aceptable cualquier interrupción del embarazo por caprichosa que fuera; y si lo es, menos aún proceden, puesto que, salvo legítima defensa, nada justifica un homicidio por buenos motivos que crea tener el asesino. Es obvio que nadie que se oponga al aborto niega que una mujer tenga derechos o pueda hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, sino que argumentamos que matar a un nonato es cometer homicidio, delito que, por supuesto, no puede constituir ningún derecho. Atribuir falsas intenciones o falsear las tesis contrarias supone una argucia burda en extremo típica de quienes carecen de argumentos solventes; y a eso se reduce la propaganda abortista. Por otra parte, la falta de consenso no demuestra nada, pues, por ejemplo, tampoco existe sobre la eugenesia o el genocidio y nadie en su sano juicio la alegaría para defender a un homicida común. Respecto al cliché de la separación Iglesia y Estado hay que recordarles, una vez más y las que hagan falta, a estos ignaros y tramposos que confunden con absoluta mala fe la adscripción obligatoria de los poderes del Estado a principios religiosos, propia de una teocracia, con la libertad de participación política y libre promoción de ideas que se supone asiste a cualquiera, aunque se sea católico.

En definitiva, asistimos a una burda manipulación orquestada por parte de individuos y medios sin escrúpulos que conscientes de haber perdido la batalla de la razón se hunden en la deshonestidad intelectual más desvergonzada, como lo prueba el hecho de que traten sistemáticamente no sólo de ignorar sino de vetar lo que no pueden rebatir. Rabiosos e impotentes, recurren a toda clase de argucias y malas artes como se ha demostrado, precipitándose en la peor abyección: la irracionalidad cobarde. En efecto, las ideologías totalitarias manifiestas, siendo en extremo perversas, se puede decir que hacían gala de su sectarismo e irracionalidad, se las veía venir; quemaban libros sin rubor y aplastaban cualquier disensión sin disimulos. Estos nuevos canallas propician una especie de totalitarismo encubierto que ataca a traición.





jueves, 19 de septiembre de 2013

LA IMPOSTURA NACIONALISTA

Con secesiones políticas en ciernes, interesa resaltar más que nunca la, no sólo espúrea sino facinerosa y obscena, instrumentalización de la libertad y de la democracia perpetrada con todo descaro por el nacionalismo.

La apelación a la libertad, la idea de que las naciones deben ser libres constituyéndose en Estados políticos, no puede ser más vaga, ingenua y capciosa. Primero, no es posible acordar con mínimo rigor y objetividad cómo definir ese sujeto colectivo, esa quimera, esa hipotética entidad trascendente y necesaria, esa absurda unidad de destino en lo universal que bajo el apelativo de “nación” fundamenta las mayores violencias. Segundo, y más fundamental, la libertad -como la responsabilidad, la voluntad, el interés o cualquier otra potencia, condición o facultad humana-,  sólo se puede predicar de sujetos individuales, de personas. Ningún individuo es en absoluto más libre por el mero hecho de estar adscrito a un Estado político menor, aunque él mismo y no una mayoría pudiera elegirlo: sería una libertad tan dudosa como la de poder elegir al amo que te esclavice.  Supone una brutal perversión del concepto -del tenor de ensalzar la libertad del delincuente para agredir a sus víctimas-  sacrificar libertades individuales reales en aras de imaginarias e inexistentes libertades colectivas inspiradas en esas ficciones holistas que otorgan realidad autónoma y mente propia a grupos y comunidades, a la par que degradan al individuo a la suerte de célula desechable. La “libertad nacional” es, por tanto, una licencia poética, en el mejor de los casos; pero siempre una noción insustancial, una arbitrariedad y un torticero abuso del lenguaje.

Cuando, por ejemplo, un Estado ataca a otro amenazando su integridad, ninguna libertad real se compromete en principio por ese mero hecho (Si el Estado atacado es más totalitario que el atacante, podría incluso suponer una liberación para sus súbditos). Las únicas libertades en juego son siempre individuales y sólo en la medida que éstas se vean afectadas podrá hablarse con propiedad de liberación u opresión. Resulta sarcástico que se aprecie menoscabo de “libertad” (nacional) en el desmantelamiento de un régimen despótico, por muy extranjeros que sean sus promotores, si a la postre redunda en mayores derechos individuales;  o que se salude como una victoria de la libertad la independencia de un nuevo Estado (otra maquinaria de opresión contra el individuo) sin considerar las nuevas limitaciones individuales que pueda acarrear.

Por definición, las disputas políticas (quiénes ostentarán el poder de coaccionar a individuos pacíficos) en nada favorecen la causa de la libertad sino, a lo sumo, en términos relativos. La manipulación del principio de autodeterminación que realiza la propaganda separatista es obscena, pues se autorrefuta: piden que se acepte una premisa que niegan a renglón seguido. Si cualquier colectivo tiene derecho a autodeterminarse, ¿por qué no aplicar tal derecho hasta llegar al individuo? La contradicción es flagrante ¿Por qué restringir la autodeterminación a Cataluña y no  ampliarla a la provincia de Lérida? ¿Por qué no a la ciudad de Barcelona o a uno de sus barrios? ¿Por qué los individuos no se pueden autodeterminar? Aun admitiendo que los territorios pudieran ser sujeto de libertad, lo cual es un disparate, ¿por qué limitarla entonces, con idéntico dogmatismo inmovilista que denuncian en el centralismo, a una región y no a sus partes? ¿Por qué la libertad de los catalanes ha de ser más valorada que la de los españoles o los leridanos? Las mismas armas dialécticas que esgrimen se vuelven contra ellos. Si tuvieran razón, no la tendrían; y ello es así porque el nacionalismo es por completo inconsistente e irracional. Es, en realidad, fascista, pues, despojado de hipocresías, no apela en serio a más “argumento” que a la mera fuerza.

Analicemos ahora la impostura democrática. Sermonea el nacionalismo que lo justo y democrático es votar, pero siempre que se restrinja el voto a sus partidarios y adoctrinados.

No es, desde luego, condición suficiente de legitimidad de una votación el que se permita participar en ella a todos los afectados por el resultado de la misma (por ejemplo, dejar votar a la futura víctima en los comicios sobre su asesinato está claro que no los legitima), pero no se puede dudar de que es condición necesaria. Pues bien, los nacionalistas se arrogan la soberanía de decidir en exclusiva el futuro ajeno y pretenden con inaudito cinismo que eso es democrático. Según eso, Marruecos, pongamos por caso, podría integrarse democráticamente en el Estado español sólo con aprobar un referéndum limitado a los marroquíes y sin considerar la opinión de los españoles. Si la libre imposición unilateral de un compromiso, obviamente, escandaliza al sentido común, no se entiende cómo la libre ruptura también unilateral pueda no hacerlo.

Pero la cuestión dista mucho de ser ésa. No se trata de dos partes soberanas que simplemente deban negociar y considerar los intereses contrarios, sin que referendos unilaterales puedan resolver nada. Se trata de una banda mafiosa de privilegiados, los nacionalistas, que se inventan ex níhilo una soberanía ilegal e ilegítima con la que pretenden subvertir el statu quo.

En este punto conviene aclarar cuestiones básicas. La única soberanía legítima es la individual, pues es la única que respeta el imperativo categórico y la dignidad humana. Cuando se carece de legitimidad, y cualquier poder político convencional carece de ella por definición, la legalidad positiva se convierte en necesaria fuente de legitimidad artificial, en homenaje que el vicio rinde a la virtud para que la convivencia humana no degenere en agresión permanente. El valor de la legalidad, la implementación de normas generales y abstractas, trasunto de la suprema norma general y abstracta: la prohibición del inicio de la coacción, no radica en las concretas normas jurídicas en sí, que pueden ser, y de hecho lo son, bastante arbitrarias, sino en su generalidad, abstracción y estabilidad. Estabilidad. De ahí que, céteris páribus, la legalidad antigua es, obviamente, más “legítima” que la nueva, dado que es imposible instaurar nuevas reglas del juego sin violar las anteriores, es decir, sin alterar violentamente la convivencia.

Por ello, afirmar que la soberanía reclamada por el nacionalismo es ilegal no es una mera obviedad irrelevante, como decir que de noche no brilla el Sol, sino que presenta claras implicaciones éticas: se necesitan muy buenas excusas para perturbar la paz.

Las secuelas del aberrante positivismo jurídico, el derecho del más fuerte, inducen a restar importancia ética a la ilegalidad: si la ley es sólo la imposición inmoral del poder, no existe inmoralidad en saltársela. Pero los malvados, siquiera anecdóticamente, también pueden imponer algo bueno, de ahí que la carga de la prueba moral siempre recae en quien viola la ley.  En este caso el nacionalismo pretende violar la ley sin otro respaldo que una “moral” fascista: lo hacemos porque podemos, porque un poder tan corrupto e inmoral como nosotros no se atreverá a enfrentarse a otros delincuentes, pues valora más la paz entre criminales que el derecho de la gente honrada.

En resumen, si unas votaciones, por generales y oficiales que sean, no pueden resolver con justicia derechos fundamentales, menos lo harán unas restringidas, ilegales y amañadas. Pretenderlo es una grotesca veleidad democrática. 

Como anarcoliberal, debería celebrar la fragmentación territorial del poder, pues parece aumentar las posibilidades del individuo de sustraerse a la coacción simplemente votando con los píes, o sea, yéndose de donde no esté a gusto. Sin embargo, primero, el fin no justifica los medios, y en este caso el nacionalismo es una ideología perversa rechazable por sí misma aunque tuviera algún efecto colateral positivo. No combatirlo por razones tácticas es una inmoralidad  inasumible para un pensamiento precisamente moral y no político como es el anarcoliberalismo. Segundo, la descentralización política es más efecto que causa de libertad, como la historia demuestra; por ejemplo, no se puede decir que el mosaico feudal fuera un dechado de libertades, de hecho la burguesía y derechos civiles comenzaron a desarrollarse con los Estados autoritarios renacentistas. Tampoco está claro que en las tribus prehistóricas los individuos gozaran de grandes libertades con la vida siempre amenazada por el vecino. No, si el poder propende en buena medida a centralizarse espontáneamente es por algo. Es porque crea cierto grado de Estado de Derecho. Los anarcoliberales, simplemente, hemos descubierto que para comer jamón no es preciso tener al cerdo en casa, es decir, que para disfrutar del imperio de la Ley no es condición ni mucho menos imprescindible estar sometido a las arbitrariedades del poder. Así como el hecho de que, por ejemplo, ciertas enfermedades tengan una lógica evolutiva (la diabetes ayudó a la especie humana a sobrevivir en la Edad de Hielo) no las convierte en buenas, la inteligencia humana puede y debe aislar lo positivo de lo negativo aunque históricamente parezcan indisociables. Es este cabal conocimiento el que nos salvará, no una mera y alocada disgregación del poder de efectos más perniciosos que eficaces.

Además, es evidente que un nuevo Estado político representa una nueva barrera a la libertad de comercio y a la libre circulación de personas y capitales. Eso por no hablar de la usurpación literal de propiedad común, cuando una banda de mafiosos se apropia indebidamente de territorios cuya jurisdicción y posesión se arroga, y de la liquidación de derechos fundamentales amparados por la legalidad conculcada. Que ningún gobierno se distinga en esencia de una banda de ladrones no justifica la creación de nuevas mafias y supone arruinar lo poco o mucho de imperio de la ley que la mafia anterior haya establecido.

miércoles, 19 de junio de 2013

LA PAMEMA DE LOS PERVERSOS PODERES ECONÓMICOS

La condena del poder financiero, bajo la acusación de carecer de aval democrático, como inaceptable condicionante, cuando no despótico constrictor, del legítimo poder político es habitual en la retórica políticamente correcta. Semejante absurda proposición y generalizada aceptación acrítica de la misma constituye buena muestra de la confusión de conceptos y recalcitrante necedad que domina el panorama, como a continuación se demostrará.

A bote pronto, ya deberíamos percatarnos de que se trata de equiparar y confrontar “poderes” de radical diferente naturaleza caracterizados, por definición, uno, el económico, por el acuerdo voluntario y el respeto a la norma general y abstracta, y el otro, el ejecutivo, por la coacción sistemática y la arbitrariedad. La capacidad económica no puede per se representar amenaza alguna y el hecho de que con ella se puedan comprar voluntades políticas no hace sino confirmar la peligrosidad de un poder político susceptible de someterse a los más prosaicos intereses aunque se disfracen de los nobles ideales que pavimentan el infierno. Es decir, la potestad de hacer el mal, de esclavizar, de extorsionar, de discriminar, deviene exclusivamente de la política y sólo en la medida que el poder económico puede convertirse en político llega éste a suponer un riesgo, pero sin la presunta legitimidad de agredir y coaccionar que presupone la política, el dinero carecería de toda capacidad corruptora, puesto que no habría nada que corromper.

Un billete no es arma que pueda oponerse a una pistola, y replicar que éstas se pueden comprar confirma que el mal radica en ellas, no en el dinero. Es un disparate colosal y una contradicción en los términos referirse a un metafórico poder de los mercados o de los mercaderes enfrentado a un poder real, el político, al que se encuentra por completo subordinado. Cierto que de donde no hay no se puede sacar, cierto que ante una economía depauperada no hay voluntad política que valga, pero ni financieros ni hombres de negocio tienen la facultad por sí mismos de intervenir el sistema económico, competencia exclusiva, por definición, de la política. Prueba evidente de lo impropio y artificioso de argüir supuestos poderes económicos es que no se precisa de ninguna rebelión violenta contra ellos, bastando un simple decreto de expropiación para enervarlos.

Sin embargo, cuanto más socialista más le viene como anillo al dedo a la casta política esgrimir el fantasma de  pretendidas imposiciones del capital que la exoneren de los desastres y frustraciones que sus mangoneos han originado, a la vez que justifique renovadas intervenciones y dependencias. No hay como inventarse un cabeza de turco al que culpar de la propias responsabilidad e incapacidad para desviar la atención.

Ningún abuso ha podido cometer la banca, o sea, ninguna violación de los principios generales del derecho, que no fuera auspiciado directamente por el poder político. El único beneficio empresarial ilegítimo e impune es el arramblado a la sombra de privilegios y monopolios gubernamentales, ya que cualquier otro tipo de fraude en tanto que ilegal es una mera cuestión de código penal ordinario. El llamado poder económico carece de la capacidad de ejercer la mínima violencia sobre los ciudadanos si no cuenta con la aprobación del poder político, el único poder real ¿Qué cuento es ése de bienintencionados políticos impotentes ante la perversidad de voraces financieros o, dibujado de manera aún más imprecisa y falaz, bajo la dictadura de los mercados? Con más sólidos argumentos cabría hablar de poderes éticos, intelectuales, culturales o religiosos como contrapeso al poder político obviando que carecen de la mínima capacidad ejecutiva. No distinguir la mera influencia o ascendiente de la pura  coerción está en la raíz del engaño y la confusión, porque aun siendo el poder de la ley, de la justicia y de la razón muy superior en el largo plazo  al de la fuerza y la violencia, no son en absoluto equiparables ni confrontables. Se trata de la clásica distinción entre ‘auctoritas’ (autoridad) y ‘potestas’ (potestad)

Y llegamos al meollo del asunto. La ‘auctoritas’ económica se cimienta en la propiedad privada; en el dominio sobre uno mismo, sobre las propias creaciones o lo que libremente se ha intercambiado y en el recíproco respeto a la propiedad ajena. La ‘potestas’ política faculta para coaccionar a los demás y usurpar sus propiedades. El llamado ‘poder económico` no es otra cosa que el poder moral que censura el robo y la violencia. El poder de los mercados es simplemente el derecho a no ser expoliados por cualquier gobierno que necesite financiación; como este derecho fundamental coarta y limita la ejecutoria política no faltan cínicos prestos a concluir que un poder no elegido por el pueblo dirige la política: en efecto, el Estado de Derecho, el marco que garantiza la convivencia pacífica entre iguales, debería ser barrera infranqueable para la coacción política. Nunca lo ha sido, de hecho, hasta la llegada de la globalización.

Antes de la liberalización mundial de mercados y capitales nadie hablaba de tales poderes fácticos. Sencillamente, cada gobierno robaba a sus súbditos –con toda clase de impuestos y devaluaciones monetarias- cuando lo consideraba menester, y punto. Con el fenómeno de la globalización el acendrado vicio confiscatorio se tornó más arduo y complicado dadas las nuevas vías de escape, y comenzó a fraguarse el mito del poder económico contrapuesto al político. La actual crisis de endeudamiento masivo en la zona euro resulta paradigmática al respecto. El político banco central instigó una expansión crediticia fraudulenta causante de toda clase de despilfarros y nefastos errores de inversión. Como es natural, el desastre no ha sido homogéneo: además de las habituales diferencias de gestión entre los agentes en función de su prudencia y eficacia, en Europa conviven muy distintas legislaciones y políticas fiscales que han modulado la ruina. En semejante tesitura, cabe una opción: tomar el camino correcto de desendeudarse con austeridad y ahorro, aumentando la productividad mediante la liberalización de los mercados y la disminución del gasto público, o continuar la borrachera y socializar las pérdidas, robando y engañando a la gente, a fin de mantener el statu quo de iniquidad y privilegio. Aquí surge el problema para la delictiva socialdemocracia, porque la vía política, la insidiosa y ladrona devolución monetaria, sólo es factible bajo un gobierno único: Japón, UK y USA pueden hacerlo porque pueden robar impunemente a sus clases más laboriosas y eficientes, pero en la Europa del euro es imposible sacrificar la eficiencia del norte en beneficio de la irresponsabilidad meridional.

La política muere de realidad, porque tarde o temprano los discriminados y oprimidos se rebelan en una espiral de conflictos y guerras sin fin. No son las desigualdades económicas derivadas del propio esfuerzo y de acuerdos voluntarios –la riqueza del trabajador no perjudica al vago- las que engendran injusticia y privilegio, sino las desigualdades políticas que permiten vivir a unos a costa de otros. La desigualdad política, la desigualdad ante la ley, la violencia que obliga a obedecer mandatos arbitrarios, es el único cáncer de la humanidad y como tal debe ser combatida.

sábado, 27 de abril de 2013

CARTA ABIERTA A CARLOS FUENTES

Señor director del programa Queremos Opinar:

No es usted consciente, porque le supongo una buena persona, del grave daño que causa su programa. Bajo la apariencia de un debate, se dedica a difundir un único discurso políticamente correcto que al menos  en lo económico nos conduce directamente al abismo. ¿Por qué no intenta usted conformar tertulias algo más equilibradas? ¿Por qué no llama a su acalorado y poco riguroso cenáculo a alguien como Huerta de Soto, Rodríguez Braun o Juan Ramón Rallo, gente que pueda dar la réplica a la habitual propaganda keynesiana con que día a día nos machacan, y no meros comparsas de pacotilla sin espíritu ni facilidad de palabra? Ofrece usted la posibilidad de opinar mediante una llamada telefónica, pero aunque fuera cierto que admite cualquier opinión seria y respetuosa por revolucionaria que sea, en treinta segundos no se puede explicar casi nada más allá de formular una mera adhesión o rechazo, con lo que dicha deferencia se convierte en coartada para ocultar la manipulación y escasa disposición a mantener un debate honesto.

No es complicado refutar las barbaridades que suelen proferir sus colaboradores, pero se requiere algo de tiempo y calma para una adecuada exposición de argumentos frente a las típicas argucias y falacias que esgrimen. Como, por ejemplo, el recurrente disparate de que la austeridad impuesta por Alemania asfixia nuestro crecimiento. Para empezar, Alemania no impone nada, simplemente se niega a envilecer la moneda, es decir, a que se expolie a los abnegados ahorradores y a una indiscriminada bajada de sueldos por decreto. Es cierto que precios y salarios están sobredimensionados y lastran terriblemente nuestro desarrollo económico causando paro y ruina general, es verdad, pero el camino correcto pasa por reconocerlo y permitir que sea el mercado quien los adecue. ¿Es honrada una disminución de sueldos por igual sin diferenciar entre eficientes e ineptos, entre prudentes e insensatos, entre trabajadores y vagos? Algunas remuneraciones habría incluso que aumentarlas, pues deben ser establecidas por pacíficos acuerdos voluntarios mutuamente satisfactorios; porque eso es justamente el mercado, no lo olvide, señor: cuando alguien habla de los malditos y despiadados mercados se refiere a los malditos y despiadados pacíficos acuerdos voluntarios mutuamente satisfactorios.

El único efecto positivo de darle a la máquina de imprimir billetes, el ajuste de precios y salarios a la realidad económica, se logra de manera infinitamente más eficiente y justa permitiendo que sea el mercado quien lo establezca, es decir, liberalizando por completo los mercados, en especial, el laboral (no la acomplejada reformilla timorata que ha perpetrado este gobierno) y aboliendo los privilegios. Es obvio que así desaparecería el desempleo de manera prácticamente inmediata. Por reducción al absurdo: trabajando gratis, ¿no se colocaría de inmediato todo el mundo? Pues no es en absoluto necesario trabajar gratis para colocarse (ni “colocarse” para trabajar gratis), basta con ofrecer un servicio rentable, no exigiendo a cambio más de lo que se aporta o se compromete.

Por consiguiente, ¿cómo alguien honesto puede preferir generar inflación, incautar el patrimonio ajeno honradamente ganado y ahorrado, a liberalizar los mercados? Sólo existe una explicación: la devaluación monetaria es un impuesto brutal, un encubierto saqueo de recursos privados, que alimenta a la casta política y a su insaciable vicio despilfarrador. Sólo se trata de justificar el poder establecido, su sistemático latrocinio y el imparable avance del Estado contra la sociedad civil. El keynesianismo y el monetarismo se reducen a eso, a avalar el intervencionismo político, así hayan de recurrir a los “razonamientos” más peregrinos y absurdos; con notable éxito bajo la égida de los poderosos, que no dudarán en apoyar y financiar programas como el suyo. Pero no voy a ofenderle con mi felicitación, porque quiero creer en su buena fe.

En segundo lugar, la depreciación monetaria evita tener que destapar el inmenso fraude que sustenta a políticos y sindicalistas: la mentira del permanente conflicto de intereses entre la clase trabajadora y la empresarial, supuestamente sólo sobrellevado a duras penas mediante su tutela y arbitraje. El problema de la liberalización de mercados es que pondría de manifiesto con claridad meridiana el mal que supone la injerencia política  y lo poco que necesitamos la coacción de esa casta de mafiosos. A muchísimos se les acabaría el chollo cuando fuera palpable lo perfectamente prescindibles y onerosos que son. Otra razón de peso para seguir engañando a la gente.

En tercer lugar, la inflación sí que transfiere el peso de la crisis, las fatales consecuencias de decisiones irresponsables, no sólo a los más inocentes, sino también más sensatos y eficientes. En efecto, esta es una crisis de deuda y gasto superfluo y desbocado. El ahorro no es la causa, es su antídoto, pero la soflama política tan proclive al populismo, al despojo de la minoría excelente y virtuosa para satisfacción de la mayoría perezosa y hedonista, gusta de premiar a los irresponsables castigando, robando, a los buenos. Ése es el objetivo de toda política, luego no es extraño que sus esbirros aplaudan tales métodos.

Sin embargo, lo peor de los cantos de sirena keynesianos es su empecinada ceguera ante el origen de la crisis que padecemos, es decir, ante el inducido cúmulo de sistemáticos errores de inversión que nos han llevado a malgastar con total insensatez y a tener ahora que despedir a cientos de miles de personas de empresas inviables. Los políticos no sólo han tolerado el fraude de la demencial expansión crediticia, lo han estimulado directa y deliberadamente para financiarse y ganar elecciones; son autores dolosos y pretenden ahora encabezar la manifestación de protesta culpando ora al fantasma de los mercados y a la codicia de no se sabe qué irregulados poderes financieros, ora a un etéreo gasto insuficiente; pamemas absurdas que nadie puede explicar con alguna consistencia o mínimo relato lógico. ¿No se ha dado cuenta de que se limitan a colocar consignas gratuitas y contradictorias, siendo imposible seguir sus razonamientos porque carecen de ilación solvente?

Padecemos una economía mundial hiperintervenida por el poder político. Prueba suficiente de ello es la desaparición del patrón oro y la imposición del dinero fiat, o sea, de curso forzoso. Esto es un hecho innegable. Las distorsiones que la autoridad monetaria causa en la economía creando dinero prácticamente a placer deberían ser evidentes hasta para el más simple: primero, disminuyen los ingresos reales y socavan el ahorro; segundo, al ser medios de pago basados en deuda encubierta que deben ser aceptados sin la contrapartida de un tipo de interés que compense el riesgo asumido, inducen la ilusión de una abundancia y riqueza inexistente, lo cual, unido a los privilegios, licencias y refinanciaciones que el poder político otorga a la banca para cometer fraude expandiendo el crédito a lo loco, provoca que el empresariado emprenda simultáneamente inversiones en diferentes etapas productivas, alejadas y próximas al consumo, incompatibles dada la riqueza real. El resultado inevitable es la acometida de ilusorios negocios que tarde o temprano se frustran originando oleadas de paro y desconfianza generalizada, o sea, la recesión.

Lo anterior es un análisis, resumido y manifiestamente mejorable pero coherente, que explica la realidad. Se basa en premisas innegables y deducción lógica elemental, en simple sentido común. Quien no entienda algo no tiene más que preguntar y sus dudas serán aclaradas. Nada que ver con las consignas primarias, las peticiones de principio y los discursos demagógicos que complacen al poder constituido.

Analicemos ahora la recidiva monserga marxista de los supuestos efectos nocivos del ahorro, de la acumulación de capital, sobre la producción. Según esto los proletarios no reciben bastantes rentas para garantizar una demanda efectiva suficiente y las fábricas se ven abocadas al cierre. Es el colapso del capitalismo que nunca se ha producido. El “razonamiento” no puede ser más simple ni más equivocado, como se demuestra por elemental reducción al absurdo: supongamos que los obreros sean esclavos. Incluso en este caso límite, si los trabajadores no pueden consumir, sí podrán hacerlo en su lugar sus amos; y si alguno de estos es un filántropo austero que se niega a consumir, mejorará el poder adquisitivo de los restantes. El consumo es una consecuencia inevitable de la producción por la sencilla razón de que las necesidades y deseos humanos carecen de límite. Cualquier cosa que tenga valor económico será deseada por definición y, por tanto, consumida en cuanto disminuya su precio lo suficiente. Pero tal deflación lejos de ser algo perjudicial constituye una gran mejora; si es generalizada gracias a que los austeros filántropos aumentan, las fábricas, lejos de verse obligadas al cierre, multiplicarán su producción, pues la austeridad incrementará los salarios reales, el poder adquisitivo en general, es decir, mantendrá la demanda, además de capitalizar las empresas abaratando aún más los productos en el futuro. Es el fabuloso círculo virtuoso del capitalismo. Si la bajada de precios afecta sólo a un producto o sector será señal de que es preciso clausurar esa actividad para dedicar los escasos recursos a menesteres más urgentes o útiles. Así funciona el mecanismo de los precios, uno de los procesamientos de información más eficaces que existe. En un mercado libre, los trabajadores despedidos no tienen nada que temer pues automáticamente encuentran trabajo compitiendo en libertad con el resto, pues el trabajo es, como el sentido común indica, lo más abundante del mundo. Este tipo de cierres empresariales son mejoras del sistema productivo pues libera trabajadores de actividades superfluas en aras de otras más provechosas.

Como queda demostrado, lo que menos necesitamos es que la Merkel nos permita envilecer un euro que a estos efectos se comporta como una especie de patrón oro limitador de los fraudes. Y no lo permite porque equivaldría a dejarse robar impunemente. Si Europa fuera un Estado, el poder político esclavizaría a los eficientes y trabajadores alemanes, salvo que amenazaran con la independencia, en beneficio de la incompetencia y el despilfarro mayoritario. Afortunadamente, no lo es y no se puede imponer ese tipo de políticas demenciales que nos perjudican a todos aunque tácticamente pueda parecer que nos benefician. Ni mucho menos esto es una apología del nacionalismo, un tipo de socialismo de los más peligrosos, sino de la libertad individual y del respeto a la propiedad privada, pero eso ya es otro tema.

Hay otras formas de explicar la realidad, y si es usted honesto y tanto aprecia el debate y la opinión constructiva, debería darles cabida en su programa. Espero que en el futuro lo haga.

miércoles, 24 de abril de 2013

¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS!

Un tal Krugman tiene publicado un librejo (¡Acabad ya con esta crisis!) que porfía en las absurdas recetas keynesianas para superar la crisis económica. Se  trata de un contumaz compendio de tópicos bien representativo de la necedad que suele presidir las cogitaciones de no pocos en esta materia y a la que conviene dar conveniente respuesta cada vez que aparece, pues las mentiras aspiran a convertirse en verdad a fuerza de repetirse.

El fulano no se corta un pelo y desde el principio parece reírse del mundo entero con la mayor desvergüenza. Se diría que desafía la lógica y la prudencia con la chulería de quien se cree en posesión de argucias suficientes para pastorear a legiones de borregos.

Sin embargo, es muy fácil desmontar sus burdas falacias a poco que se aplique el sentido común. Básicamente, pretende que todo el problema económico se deriva del gasto insuficiente. “Tu gasto es mi ingreso”, insiste con saña, incitándonos, si no  a adquirir alocadamente todo lo que se produce aunque no nos interese o proyectemos un mejor destino a nuestros escasos recursos, sí a ahorrar lo menos posible, ya que si nadie gasta, nadie ingresa, nos amenaza… y si gastamos devaluados millones ingresaremos devaluados millones, pero seguiremos igual de pobres. En otras palabras, este trilero pretende hacernos creer que duplicando la masa monetaria seremos el doble de ricos aunque la producción sea idéntica; pero hasta el más simple comprende sin mucho esfuerzo que la riqueza es por completo independiente del circulante: si éste se reduce a la mitad, el poder adquisitivo se duplicará; si se dobla, la unidad monetaria tendrá la mitad de capacidad de compra; y esto es así porque ambos factores son inversamente proporcionales y su producto debe permanecer constante e igual a la inalterada riqueza total. Lo que parece habernos despistado es la terrorífica sentencia de que si nadie gasta, nadie ingresa, ¡horror!; sin embargo, meditando un poco caeremos en la cuenta de que tal situación lejos de ser calamitosa resultaría una bendición: si pudiéramos vivir sin gastar o no nos conviniera no tendríamos la menor necesidad de ingresar nada, porque constituiría prueba fehaciente de hallarnos en una especie paraíso terrenal con todos nuestros deseos satisfechos. De manera que incluso el puro atesoramiento de moneda no puede causar el menor perjuicio económico; muy al contrario, beneficia al resto de tenedores de la misma que ven incrementado su poder adquisitivo a expensas del acaparador: incluso aunque todos los tenedores de moneda pudieran retirarla de la circulación con carácter permanente, pues por milagro se vieran libres de necesidad alguna, ello equivaldría a una condonación general de la deuda sobre bienes reales que debería representar la moneda fiduciaria, es decir, una ganancia gratuita para el emisor de la misma. Incluso en ese caso extremo, imposible en la práctica y tan sólo imaginado a efectos dialécticos, la falta de medios de pago no sería ningún problema ya que la creación monetaria es perfectamente lícita –aunque con el inconveniente de no fomentar el ahorro- siempre que se realice estrictamente avalada por bienes y servicios presentes de nueva creación.

Por consiguiente, como el más elemental sentido común sugiere, ni el gasto nos enriquece ni se precisa para mantener la liquidez. Una economía se desarrolla y prospera merced a la producción, no al espejismo del consumo, que sólo sirve para endeudarse, para empantanarse en un círculo vicioso sin salida a la espera de golpes de suerte. La ley de Say deja meridianamente claro que el gasto, el consumo de alguien, no puede suponer el ingreso real de otro, sino a lo sumo un ingreso aparente de meros papelitos; lo que interesa es la producción de bienes y servicios útiles y urgentes, porque se produce para consumir y no a la inversa. En ninguna cabeza medianamente racional puede caber que se deba consumir para producir -como preconizan los descerebrados keynesianos, ese reducto de socialistas vergonzantes tras los enormes “éxitos” de la economía planificada-, esto es poner el carro a tirar del burro. Un absurdo descomunal que considera los penosos esfuerzos y trabajos como deseables fines en sí mismos y ve en la necesidad ajena  el medio de alcanzarlos, como si no pudíéramos trabajar sin más que desearlo. Porque aducir que lo realmente deseado es el dinero que te dan por trabajar y que, para estimular la economía, deben dártelo aunque tus productos o servicios no les interesen, a fin de que tú puedas devolvérselo a cambio de otros productos que tampoco deseas, aumenta el absurdo.

El mero consumo no crea la oferta, porque nadie produce para que otro consuma gratis o entregando a cambio papelitos; lo que crea la oferta de lo que necesitamos es otra oferta por nuestra parte de productos reales igualmente interesantes que intercambiar.

La conclusión no puede ser más clara. Primero, propugnar el gasto indiscriminado con el objetivo de consumir todo lo producido y mantener la actividad es un disparate colosal que nos llevaría, como funesta consecuencia más evidente, a sacrificar cualquier orden de prioridad eficiente en la asignación de recursos escasos, es decir, a la antieconomía total. Segundo, defender aunque sólo fuera un cierto nivel de gasto forzado y planificado no sólo es inútil y carece de sentido en orden a evitar el desempleo, sino por completo contraindicado para un saludable crecimiento económico; supone ignorar absolutamente la génesis de la actual crisis, causada precisamente por un inasumible gasto desmedido fomentado por la expansión crediticia instigada desde instancias políticas, y no comprender que la recesión, el desmantelamiento de las malas inversiones, es condición necesaria para la recuperación. Supone desconocer también algo tan básico como el fundamental papel del ahorro en el desarrollo y la prosperidad. Sólo moderando el consumo y haciendo acopio de recursos, o sea, invirtiendo,  se puede incrementar la productividad futura, pues ni siquiera los más afortunados avances tecnológicos son fruto de la improvisación y el azar, mucho menos del mero consumo por sí mismo.

En este punto conviene refutar la extendido sofisma de que el gasto agregado reduce el desempleo. Es la inflación la que lo hace, y lo hace muy mal. En realidad, el gasto global es un parámetro que la política no puede incrementar en lo más mínimo como no puede aumentar el producto interior bruto de una nación, sólo reducirlo. Es de lógica elemental: si la política no puede hacernos más productivos, salvo inhibiéndose por completo, es decir, si para gastar más es necesario producir más y la política carece de esa capacidad ¿cómo demonios va a incrementar un gasto dependiente de una producción que no puede controlar? La única producción controlable por los políticos es la de billetes, en eso sí que son maestros consumados. Sólo se puede gastar lo que se produce, y cualquier bien o servicio económico es tarde o temprano indefectiblemente consumido sin que sea preciso estimular a nada ni a nadie para que esto suceda o tenga algún interés acelerar el proceso. El dinero que la gente ha conseguido produciendo algo y ahorra exigirá renovadas producciones en algún momento; mientras permanece inactivo, se atesora, aumenta la capacidad de demanda del resto de masa monetaria; si se invierte en un banco o producto financiero, sirve para satisfacer la demanda de bienes de consumo o de producción ajena. Es decir, el gasto siempre será el mismo intervenga el gobierno o no. Da igual que el consumo de las familias desaparezca: ese dinero se destinará a financiar inversión empresarial, o sea, otro tipo de gasto que incrementará la producción futura y creará tanto o más empleo presente. Da igual que los empresarios se nieguen a invertir y a enriquecerse (cosa inaudita, pero no la descartemos), eso favorecerá extraordinariamente el autoempleo y que cualquier idiota pueda convertirse en un empresario de éxito, o sea, otro tipo de gasto financiado a coste cero que demandará nuevas producciones y más empleo. No es necesario estimular las exportaciones ni el gasto público ni el consumo privado ni la inversión empresarial; tranquilos, que si tú no quieres disfrutar de la vida, candidatos a hacerlo por la cara me temo que no han de faltar. Esa inmensa trola keynesiana de que necesitamos aumentar el gasto global para combatir el desempleo cae por su propio peso y es una simple excusa de los políticos para justificar su afición favorita: crear inflación, es decir, incautar nuestro patrimonio, ¡ROBARNOS SUBREPTICIAMENTE!

Cómo la inflación crea empleo es harto evidente: disminuyéndonos a todos los salarios de golpe y porrazo por decreto. Pero para ese viaje no necesitábamos alforjas. Sin embargo la jugada política es genial: nos roban sin que nos demos cuenta, se ponen la medalla y encima les estamos agradecidísimos porque nos dejan trabajar un poquito.

En realidad, los políticos nunca crean empleo. Lo que hacen es obstaculizarlo al máximo, asfixiarlo, y, de vez en cuando, abren la mano para suscitar el aplauso de los borregos, hacernos creer que les necesitamos para resolver los problemas que ellos mismos generan y sacar su pingüe comisioncilla. Así de simple.

La casta política es culpable directa de todo el desempleo. Si mañana desapareciese y sólo imperase la Ley, el principio de proscripción del inicio de la violencia, nadie se encontraría en paro involuntario. Porque cualquiera que desease trabajar no tendría más que ofrecer sus servicios compitiendo con sueldos a la baja y condiciones laborales más flexibles y encontraría ocupación seguro. ¿Cómo alguien puede ser tan torpe de sostener que no hay trabajo para todos? Será trabajo altamente cualificado y productivo capaz de compensar los extraordinarios impuestos, elevadas remuneraciones, servidumbres y riesgos que conlleva; en efecto, ese tipo de trabajo sólo las empresas más capitalizadas y eficientes pueden ofrecerlo, y no abundan; pero la única condición para contratar a un trabajador es que rinda al menos lo que cobra o lo que hipoteca, con lo que es obvio que cualquiera no demasiado exigente podrá incorporarse al mercado por poco talentoso que sea: siempre podrá proporcionar tiempo, el más valioso de los recursos, a otros mejor dotados que él; es una mera cuestión de ventaja comparativa, como descubrió Ricardo.

Desgraciadamente, sindicalistas y políticos impiden a la gente rebajar sus niveles de exigencia, con lo que la condenan al paro. Dicen que es por nuestro propio bien, para que no nos exploten, como si fuéramos imbéciles, como si no pudiéramos decidir en qué condiciones nos conviene trabajar y en cuáles no. “Es que si no, se precariza el empleo, es que nos impondrían unas condiciones abusivas” ¿A punta de qué pistola? ¿Quién establece cuándo las condiciones son justas? Si las partes en un negocio están de acuerdo en cerrar el trato, ése debe ser el precio justo, porque de otro modo tendríamos que obligar a una de los dos a hacer lo que no desea. El único abuso intolerable es la coacción, y para eso existen los códigos penales. Pero cuando se recurre a vagos conceptos como el de “explotación” que eluden cualquier criterio objetivo, simplemente se está negando la Ley, la seguridad jurídica, para despeñarnos por la más atroz arbitrariedad. De este modo, perdida toda referencia imparcial, “explotación” será lo que establezca caprichosamente el comisario político de turno, porque lo que el socialismo, la negación esencial de la Ley, trata de evitar a toda costa es el imperio de normas generales y abstractas que nos juzguen a todos por igual: ¿qué otra cosa es el socialismo más que la sistemática discriminación de un tipo de personas estigmatizadas, condenadas de antemano, en beneficio de otras privilegiadas en nombre de una siempre indefinida “justicia social”, que es justo a lo que se apela cuando se carece de argumentos? En efecto, se apela a la “justicia social” cuando no se puede invocar a la justicia. Cuando no existe ninguna responsabilidad concreta e individual que señalar, siempre cabe alegar que los de tu clase robaron a los de la mía en otros tiempos, y así inconcretos y supuestos agravios pasados justifican muy reales atropellos presentes. Porque eso es el socialismo: la justificación -torpe intelectualmente, pero muy eficaz apelación a lo más bajo y primario, a la envidia- de saqueos y crímenes sistemáticos.

En un mercado libre la coerción y el abuso, precisos conceptos de quirúrgica especificidad jurídica, son imposibles por definición. El socialismo -la política, el afán de violentar a individuos pacíficos, la agresión-, recurre, pues, al fantasma de la “explotación” para justificarse e imponer el desempleo.

¿Qué tal si para acabar ya con la crisis acabamos con la política en general, que la ha causado y nos esclaviza?