domingo, 24 de febrero de 2013

Réplica a Antonio Rodríguez- Amanece que no es poco

Una técnica de manipulación muy conocida es la llamada “falacia del hombre de paja”; consiste en atribuir falsedades o tergiversar la esencia de lo que se pretende rebatir para poder atacarlo a gusto, pero así lo único que se impugna es un fantasma inexistente. Tu pretendida crítica al anarcoliberalismo se queda en eso, en una ingenua embestida a una caricatura que sólo existe en tu mente.

Es radicalmente falso que el anarcoliberalismo propugne la salvación de empresas o bancos con dinero público y regulaciones de algún tipo. Eso de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas no es obviamente ningún principio anarcoliberal sino un genuino aforismo socialdemócrata: arrebatar recursos a sus legítimos propietarios para privado beneficio de los más allegados al poder político. Lo anarcoliberal es la supresión de los privilegios que genera la política y que cada palo aguante su vela.

Y no hables de lo que haga o diga el PP, partido oportunista, mentiroso y socialdemócrata, como todos, donde los haya. Yo no sé lo que significa para el PP meterse menos con la gente y más libertad, pero tengo una idea cabal de libertad como ausencia de coacción y creo que no agredir a un individuo pacífico es el único imperativo categórico posible, la única ley universal consistente.

También sé que la educación y la sanidad públicas (si hubiera una alimentación pública ya nos habríamos muerto de hambre) sólo benefician a los privilegiados funcionarios que parapetan su mediocridad de la competencia del mercado y son ineficientes y carísimas. ¿Pero todavía hay algún imbécil que se crea que lo público es gratis, que no sale de los impuestos que nos roban a todos? Alguno, no obstante, estará convencido de que haciendo fondo común consigue que otros le paguen sus gastos, lo cual es una hipótesis francamente inmoral que además va contra toda lógica: con lo que el sistema expolia al ciudadano medio en impuestos podría éste costearse mucho mejores servicios en un mercado libre donde los beneficios empresariales tienden por definición a disminuir (los empresarios compiten ofreciendo mejores servicios más baratos) que los que obtiene en un sistema público donde los beneficios privados de funcionarios y políticos y los costes derivados del despilfarro inherente a las clientelas cautivas y a los abusos irresponsables tienden, también por definición, a un descontrolado aumento.

También sé que bajo el eufemismo de “derecho social” se encubre una excusa para el robo y la coacción, para negar la igualdad ante la ley, para justificar que haya que esclavizar a algunos en beneficio de otros. ¿Por qué mujeres, homosexuales, dependientes o cualquier otro colectivo que sirva oportunistamente a la demagogia política ha de tener derechos especiales sobre el resto o cualquier privilegio? Sólo existe un derecho que concierne a todos los seres humanos por igual: el derecho a que nada ni nadie inicie la coacción sobre uno, ni siquiera so pretexto de corregir o compensar vagos y supuestos agravios colectivos que privilegian o estigmatizan en función de a qué grupo te haya tocado en suerte pertenecer; clasismo más inaceptable y repugnante que cualquier otro que en teoría pretenda combatir, pues encima se arroga una absurda aureola de moralidad.

Pero ni tú ni nadie sabe qué necesidad real hay de un gobierno, es decir, de una casta que se arrogue la superioridad de imponer al resto un pretendido camino correcto, más allá de la simpleza de observar su pertinaz omnipresencia, como pertinaz es la guerra o el cáncer sin que por ello debamos resignarnos. Sí se puede, en cambio, demostrar la necesidad de la libertad o de su corolario, la Ley que prohíba el inicio de la coacción, sin más que apelar al ser humano como fin en sí mismo. Eso, y sólo eso, significa anarcoliberalismo: imperio absoluto de la Ley.