miércoles, 24 de abril de 2013

¡ACABAD YA CON ESTA CRISIS!

Un tal Krugman tiene publicado un librejo (¡Acabad ya con esta crisis!) que porfía en las absurdas recetas keynesianas para superar la crisis económica. Se  trata de un contumaz compendio de tópicos bien representativo de la necedad que suele presidir las cogitaciones de no pocos en esta materia y a la que conviene dar conveniente respuesta cada vez que aparece, pues las mentiras aspiran a convertirse en verdad a fuerza de repetirse.

El fulano no se corta un pelo y desde el principio parece reírse del mundo entero con la mayor desvergüenza. Se diría que desafía la lógica y la prudencia con la chulería de quien se cree en posesión de argucias suficientes para pastorear a legiones de borregos.

Sin embargo, es muy fácil desmontar sus burdas falacias a poco que se aplique el sentido común. Básicamente, pretende que todo el problema económico se deriva del gasto insuficiente. “Tu gasto es mi ingreso”, insiste con saña, incitándonos, si no  a adquirir alocadamente todo lo que se produce aunque no nos interese o proyectemos un mejor destino a nuestros escasos recursos, sí a ahorrar lo menos posible, ya que si nadie gasta, nadie ingresa, nos amenaza… y si gastamos devaluados millones ingresaremos devaluados millones, pero seguiremos igual de pobres. En otras palabras, este trilero pretende hacernos creer que duplicando la masa monetaria seremos el doble de ricos aunque la producción sea idéntica; pero hasta el más simple comprende sin mucho esfuerzo que la riqueza es por completo independiente del circulante: si éste se reduce a la mitad, el poder adquisitivo se duplicará; si se dobla, la unidad monetaria tendrá la mitad de capacidad de compra; y esto es así porque ambos factores son inversamente proporcionales y su producto debe permanecer constante e igual a la inalterada riqueza total. Lo que parece habernos despistado es la terrorífica sentencia de que si nadie gasta, nadie ingresa, ¡horror!; sin embargo, meditando un poco caeremos en la cuenta de que tal situación lejos de ser calamitosa resultaría una bendición: si pudiéramos vivir sin gastar o no nos conviniera no tendríamos la menor necesidad de ingresar nada, porque constituiría prueba fehaciente de hallarnos en una especie paraíso terrenal con todos nuestros deseos satisfechos. De manera que incluso el puro atesoramiento de moneda no puede causar el menor perjuicio económico; muy al contrario, beneficia al resto de tenedores de la misma que ven incrementado su poder adquisitivo a expensas del acaparador: incluso aunque todos los tenedores de moneda pudieran retirarla de la circulación con carácter permanente, pues por milagro se vieran libres de necesidad alguna, ello equivaldría a una condonación general de la deuda sobre bienes reales que debería representar la moneda fiduciaria, es decir, una ganancia gratuita para el emisor de la misma. Incluso en ese caso extremo, imposible en la práctica y tan sólo imaginado a efectos dialécticos, la falta de medios de pago no sería ningún problema ya que la creación monetaria es perfectamente lícita –aunque con el inconveniente de no fomentar el ahorro- siempre que se realice estrictamente avalada por bienes y servicios presentes de nueva creación.

Por consiguiente, como el más elemental sentido común sugiere, ni el gasto nos enriquece ni se precisa para mantener la liquidez. Una economía se desarrolla y prospera merced a la producción, no al espejismo del consumo, que sólo sirve para endeudarse, para empantanarse en un círculo vicioso sin salida a la espera de golpes de suerte. La ley de Say deja meridianamente claro que el gasto, el consumo de alguien, no puede suponer el ingreso real de otro, sino a lo sumo un ingreso aparente de meros papelitos; lo que interesa es la producción de bienes y servicios útiles y urgentes, porque se produce para consumir y no a la inversa. En ninguna cabeza medianamente racional puede caber que se deba consumir para producir -como preconizan los descerebrados keynesianos, ese reducto de socialistas vergonzantes tras los enormes “éxitos” de la economía planificada-, esto es poner el carro a tirar del burro. Un absurdo descomunal que considera los penosos esfuerzos y trabajos como deseables fines en sí mismos y ve en la necesidad ajena  el medio de alcanzarlos, como si no pudíéramos trabajar sin más que desearlo. Porque aducir que lo realmente deseado es el dinero que te dan por trabajar y que, para estimular la economía, deben dártelo aunque tus productos o servicios no les interesen, a fin de que tú puedas devolvérselo a cambio de otros productos que tampoco deseas, aumenta el absurdo.

El mero consumo no crea la oferta, porque nadie produce para que otro consuma gratis o entregando a cambio papelitos; lo que crea la oferta de lo que necesitamos es otra oferta por nuestra parte de productos reales igualmente interesantes que intercambiar.

La conclusión no puede ser más clara. Primero, propugnar el gasto indiscriminado con el objetivo de consumir todo lo producido y mantener la actividad es un disparate colosal que nos llevaría, como funesta consecuencia más evidente, a sacrificar cualquier orden de prioridad eficiente en la asignación de recursos escasos, es decir, a la antieconomía total. Segundo, defender aunque sólo fuera un cierto nivel de gasto forzado y planificado no sólo es inútil y carece de sentido en orden a evitar el desempleo, sino por completo contraindicado para un saludable crecimiento económico; supone ignorar absolutamente la génesis de la actual crisis, causada precisamente por un inasumible gasto desmedido fomentado por la expansión crediticia instigada desde instancias políticas, y no comprender que la recesión, el desmantelamiento de las malas inversiones, es condición necesaria para la recuperación. Supone desconocer también algo tan básico como el fundamental papel del ahorro en el desarrollo y la prosperidad. Sólo moderando el consumo y haciendo acopio de recursos, o sea, invirtiendo,  se puede incrementar la productividad futura, pues ni siquiera los más afortunados avances tecnológicos son fruto de la improvisación y el azar, mucho menos del mero consumo por sí mismo.

En este punto conviene refutar la extendido sofisma de que el gasto agregado reduce el desempleo. Es la inflación la que lo hace, y lo hace muy mal. En realidad, el gasto global es un parámetro que la política no puede incrementar en lo más mínimo como no puede aumentar el producto interior bruto de una nación, sólo reducirlo. Es de lógica elemental: si la política no puede hacernos más productivos, salvo inhibiéndose por completo, es decir, si para gastar más es necesario producir más y la política carece de esa capacidad ¿cómo demonios va a incrementar un gasto dependiente de una producción que no puede controlar? La única producción controlable por los políticos es la de billetes, en eso sí que son maestros consumados. Sólo se puede gastar lo que se produce, y cualquier bien o servicio económico es tarde o temprano indefectiblemente consumido sin que sea preciso estimular a nada ni a nadie para que esto suceda o tenga algún interés acelerar el proceso. El dinero que la gente ha conseguido produciendo algo y ahorra exigirá renovadas producciones en algún momento; mientras permanece inactivo, se atesora, aumenta la capacidad de demanda del resto de masa monetaria; si se invierte en un banco o producto financiero, sirve para satisfacer la demanda de bienes de consumo o de producción ajena. Es decir, el gasto siempre será el mismo intervenga el gobierno o no. Da igual que el consumo de las familias desaparezca: ese dinero se destinará a financiar inversión empresarial, o sea, otro tipo de gasto que incrementará la producción futura y creará tanto o más empleo presente. Da igual que los empresarios se nieguen a invertir y a enriquecerse (cosa inaudita, pero no la descartemos), eso favorecerá extraordinariamente el autoempleo y que cualquier idiota pueda convertirse en un empresario de éxito, o sea, otro tipo de gasto financiado a coste cero que demandará nuevas producciones y más empleo. No es necesario estimular las exportaciones ni el gasto público ni el consumo privado ni la inversión empresarial; tranquilos, que si tú no quieres disfrutar de la vida, candidatos a hacerlo por la cara me temo que no han de faltar. Esa inmensa trola keynesiana de que necesitamos aumentar el gasto global para combatir el desempleo cae por su propio peso y es una simple excusa de los políticos para justificar su afición favorita: crear inflación, es decir, incautar nuestro patrimonio, ¡ROBARNOS SUBREPTICIAMENTE!

Cómo la inflación crea empleo es harto evidente: disminuyéndonos a todos los salarios de golpe y porrazo por decreto. Pero para ese viaje no necesitábamos alforjas. Sin embargo la jugada política es genial: nos roban sin que nos demos cuenta, se ponen la medalla y encima les estamos agradecidísimos porque nos dejan trabajar un poquito.

En realidad, los políticos nunca crean empleo. Lo que hacen es obstaculizarlo al máximo, asfixiarlo, y, de vez en cuando, abren la mano para suscitar el aplauso de los borregos, hacernos creer que les necesitamos para resolver los problemas que ellos mismos generan y sacar su pingüe comisioncilla. Así de simple.

La casta política es culpable directa de todo el desempleo. Si mañana desapareciese y sólo imperase la Ley, el principio de proscripción del inicio de la violencia, nadie se encontraría en paro involuntario. Porque cualquiera que desease trabajar no tendría más que ofrecer sus servicios compitiendo con sueldos a la baja y condiciones laborales más flexibles y encontraría ocupación seguro. ¿Cómo alguien puede ser tan torpe de sostener que no hay trabajo para todos? Será trabajo altamente cualificado y productivo capaz de compensar los extraordinarios impuestos, elevadas remuneraciones, servidumbres y riesgos que conlleva; en efecto, ese tipo de trabajo sólo las empresas más capitalizadas y eficientes pueden ofrecerlo, y no abundan; pero la única condición para contratar a un trabajador es que rinda al menos lo que cobra o lo que hipoteca, con lo que es obvio que cualquiera no demasiado exigente podrá incorporarse al mercado por poco talentoso que sea: siempre podrá proporcionar tiempo, el más valioso de los recursos, a otros mejor dotados que él; es una mera cuestión de ventaja comparativa, como descubrió Ricardo.

Desgraciadamente, sindicalistas y políticos impiden a la gente rebajar sus niveles de exigencia, con lo que la condenan al paro. Dicen que es por nuestro propio bien, para que no nos exploten, como si fuéramos imbéciles, como si no pudiéramos decidir en qué condiciones nos conviene trabajar y en cuáles no. “Es que si no, se precariza el empleo, es que nos impondrían unas condiciones abusivas” ¿A punta de qué pistola? ¿Quién establece cuándo las condiciones son justas? Si las partes en un negocio están de acuerdo en cerrar el trato, ése debe ser el precio justo, porque de otro modo tendríamos que obligar a una de los dos a hacer lo que no desea. El único abuso intolerable es la coacción, y para eso existen los códigos penales. Pero cuando se recurre a vagos conceptos como el de “explotación” que eluden cualquier criterio objetivo, simplemente se está negando la Ley, la seguridad jurídica, para despeñarnos por la más atroz arbitrariedad. De este modo, perdida toda referencia imparcial, “explotación” será lo que establezca caprichosamente el comisario político de turno, porque lo que el socialismo, la negación esencial de la Ley, trata de evitar a toda costa es el imperio de normas generales y abstractas que nos juzguen a todos por igual: ¿qué otra cosa es el socialismo más que la sistemática discriminación de un tipo de personas estigmatizadas, condenadas de antemano, en beneficio de otras privilegiadas en nombre de una siempre indefinida “justicia social”, que es justo a lo que se apela cuando se carece de argumentos? En efecto, se apela a la “justicia social” cuando no se puede invocar a la justicia. Cuando no existe ninguna responsabilidad concreta e individual que señalar, siempre cabe alegar que los de tu clase robaron a los de la mía en otros tiempos, y así inconcretos y supuestos agravios pasados justifican muy reales atropellos presentes. Porque eso es el socialismo: la justificación -torpe intelectualmente, pero muy eficaz apelación a lo más bajo y primario, a la envidia- de saqueos y crímenes sistemáticos.

En un mercado libre la coerción y el abuso, precisos conceptos de quirúrgica especificidad jurídica, son imposibles por definición. El socialismo -la política, el afán de violentar a individuos pacíficos, la agresión-, recurre, pues, al fantasma de la “explotación” para justificarse e imponer el desempleo.

¿Qué tal si para acabar ya con la crisis acabamos con la política en general, que la ha causado y nos esclaviza?

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