sábado, 27 de abril de 2013

CARTA ABIERTA A CARLOS FUENTES

Señor director del programa Queremos Opinar:

No es usted consciente, porque le supongo una buena persona, del grave daño que causa su programa. Bajo la apariencia de un debate, se dedica a difundir un único discurso políticamente correcto que al menos  en lo económico nos conduce directamente al abismo. ¿Por qué no intenta usted conformar tertulias algo más equilibradas? ¿Por qué no llama a su acalorado y poco riguroso cenáculo a alguien como Huerta de Soto, Rodríguez Braun o Juan Ramón Rallo, gente que pueda dar la réplica a la habitual propaganda keynesiana con que día a día nos machacan, y no meros comparsas de pacotilla sin espíritu ni facilidad de palabra? Ofrece usted la posibilidad de opinar mediante una llamada telefónica, pero aunque fuera cierto que admite cualquier opinión seria y respetuosa por revolucionaria que sea, en treinta segundos no se puede explicar casi nada más allá de formular una mera adhesión o rechazo, con lo que dicha deferencia se convierte en coartada para ocultar la manipulación y escasa disposición a mantener un debate honesto.

No es complicado refutar las barbaridades que suelen proferir sus colaboradores, pero se requiere algo de tiempo y calma para una adecuada exposición de argumentos frente a las típicas argucias y falacias que esgrimen. Como, por ejemplo, el recurrente disparate de que la austeridad impuesta por Alemania asfixia nuestro crecimiento. Para empezar, Alemania no impone nada, simplemente se niega a envilecer la moneda, es decir, a que se expolie a los abnegados ahorradores y a una indiscriminada bajada de sueldos por decreto. Es cierto que precios y salarios están sobredimensionados y lastran terriblemente nuestro desarrollo económico causando paro y ruina general, es verdad, pero el camino correcto pasa por reconocerlo y permitir que sea el mercado quien los adecue. ¿Es honrada una disminución de sueldos por igual sin diferenciar entre eficientes e ineptos, entre prudentes e insensatos, entre trabajadores y vagos? Algunas remuneraciones habría incluso que aumentarlas, pues deben ser establecidas por pacíficos acuerdos voluntarios mutuamente satisfactorios; porque eso es justamente el mercado, no lo olvide, señor: cuando alguien habla de los malditos y despiadados mercados se refiere a los malditos y despiadados pacíficos acuerdos voluntarios mutuamente satisfactorios.

El único efecto positivo de darle a la máquina de imprimir billetes, el ajuste de precios y salarios a la realidad económica, se logra de manera infinitamente más eficiente y justa permitiendo que sea el mercado quien lo establezca, es decir, liberalizando por completo los mercados, en especial, el laboral (no la acomplejada reformilla timorata que ha perpetrado este gobierno) y aboliendo los privilegios. Es obvio que así desaparecería el desempleo de manera prácticamente inmediata. Por reducción al absurdo: trabajando gratis, ¿no se colocaría de inmediato todo el mundo? Pues no es en absoluto necesario trabajar gratis para colocarse (ni “colocarse” para trabajar gratis), basta con ofrecer un servicio rentable, no exigiendo a cambio más de lo que se aporta o se compromete.

Por consiguiente, ¿cómo alguien honesto puede preferir generar inflación, incautar el patrimonio ajeno honradamente ganado y ahorrado, a liberalizar los mercados? Sólo existe una explicación: la devaluación monetaria es un impuesto brutal, un encubierto saqueo de recursos privados, que alimenta a la casta política y a su insaciable vicio despilfarrador. Sólo se trata de justificar el poder establecido, su sistemático latrocinio y el imparable avance del Estado contra la sociedad civil. El keynesianismo y el monetarismo se reducen a eso, a avalar el intervencionismo político, así hayan de recurrir a los “razonamientos” más peregrinos y absurdos; con notable éxito bajo la égida de los poderosos, que no dudarán en apoyar y financiar programas como el suyo. Pero no voy a ofenderle con mi felicitación, porque quiero creer en su buena fe.

En segundo lugar, la depreciación monetaria evita tener que destapar el inmenso fraude que sustenta a políticos y sindicalistas: la mentira del permanente conflicto de intereses entre la clase trabajadora y la empresarial, supuestamente sólo sobrellevado a duras penas mediante su tutela y arbitraje. El problema de la liberalización de mercados es que pondría de manifiesto con claridad meridiana el mal que supone la injerencia política  y lo poco que necesitamos la coacción de esa casta de mafiosos. A muchísimos se les acabaría el chollo cuando fuera palpable lo perfectamente prescindibles y onerosos que son. Otra razón de peso para seguir engañando a la gente.

En tercer lugar, la inflación sí que transfiere el peso de la crisis, las fatales consecuencias de decisiones irresponsables, no sólo a los más inocentes, sino también más sensatos y eficientes. En efecto, esta es una crisis de deuda y gasto superfluo y desbocado. El ahorro no es la causa, es su antídoto, pero la soflama política tan proclive al populismo, al despojo de la minoría excelente y virtuosa para satisfacción de la mayoría perezosa y hedonista, gusta de premiar a los irresponsables castigando, robando, a los buenos. Ése es el objetivo de toda política, luego no es extraño que sus esbirros aplaudan tales métodos.

Sin embargo, lo peor de los cantos de sirena keynesianos es su empecinada ceguera ante el origen de la crisis que padecemos, es decir, ante el inducido cúmulo de sistemáticos errores de inversión que nos han llevado a malgastar con total insensatez y a tener ahora que despedir a cientos de miles de personas de empresas inviables. Los políticos no sólo han tolerado el fraude de la demencial expansión crediticia, lo han estimulado directa y deliberadamente para financiarse y ganar elecciones; son autores dolosos y pretenden ahora encabezar la manifestación de protesta culpando ora al fantasma de los mercados y a la codicia de no se sabe qué irregulados poderes financieros, ora a un etéreo gasto insuficiente; pamemas absurdas que nadie puede explicar con alguna consistencia o mínimo relato lógico. ¿No se ha dado cuenta de que se limitan a colocar consignas gratuitas y contradictorias, siendo imposible seguir sus razonamientos porque carecen de ilación solvente?

Padecemos una economía mundial hiperintervenida por el poder político. Prueba suficiente de ello es la desaparición del patrón oro y la imposición del dinero fiat, o sea, de curso forzoso. Esto es un hecho innegable. Las distorsiones que la autoridad monetaria causa en la economía creando dinero prácticamente a placer deberían ser evidentes hasta para el más simple: primero, disminuyen los ingresos reales y socavan el ahorro; segundo, al ser medios de pago basados en deuda encubierta que deben ser aceptados sin la contrapartida de un tipo de interés que compense el riesgo asumido, inducen la ilusión de una abundancia y riqueza inexistente, lo cual, unido a los privilegios, licencias y refinanciaciones que el poder político otorga a la banca para cometer fraude expandiendo el crédito a lo loco, provoca que el empresariado emprenda simultáneamente inversiones en diferentes etapas productivas, alejadas y próximas al consumo, incompatibles dada la riqueza real. El resultado inevitable es la acometida de ilusorios negocios que tarde o temprano se frustran originando oleadas de paro y desconfianza generalizada, o sea, la recesión.

Lo anterior es un análisis, resumido y manifiestamente mejorable pero coherente, que explica la realidad. Se basa en premisas innegables y deducción lógica elemental, en simple sentido común. Quien no entienda algo no tiene más que preguntar y sus dudas serán aclaradas. Nada que ver con las consignas primarias, las peticiones de principio y los discursos demagógicos que complacen al poder constituido.

Analicemos ahora la recidiva monserga marxista de los supuestos efectos nocivos del ahorro, de la acumulación de capital, sobre la producción. Según esto los proletarios no reciben bastantes rentas para garantizar una demanda efectiva suficiente y las fábricas se ven abocadas al cierre. Es el colapso del capitalismo que nunca se ha producido. El “razonamiento” no puede ser más simple ni más equivocado, como se demuestra por elemental reducción al absurdo: supongamos que los obreros sean esclavos. Incluso en este caso límite, si los trabajadores no pueden consumir, sí podrán hacerlo en su lugar sus amos; y si alguno de estos es un filántropo austero que se niega a consumir, mejorará el poder adquisitivo de los restantes. El consumo es una consecuencia inevitable de la producción por la sencilla razón de que las necesidades y deseos humanos carecen de límite. Cualquier cosa que tenga valor económico será deseada por definición y, por tanto, consumida en cuanto disminuya su precio lo suficiente. Pero tal deflación lejos de ser algo perjudicial constituye una gran mejora; si es generalizada gracias a que los austeros filántropos aumentan, las fábricas, lejos de verse obligadas al cierre, multiplicarán su producción, pues la austeridad incrementará los salarios reales, el poder adquisitivo en general, es decir, mantendrá la demanda, además de capitalizar las empresas abaratando aún más los productos en el futuro. Es el fabuloso círculo virtuoso del capitalismo. Si la bajada de precios afecta sólo a un producto o sector será señal de que es preciso clausurar esa actividad para dedicar los escasos recursos a menesteres más urgentes o útiles. Así funciona el mecanismo de los precios, uno de los procesamientos de información más eficaces que existe. En un mercado libre, los trabajadores despedidos no tienen nada que temer pues automáticamente encuentran trabajo compitiendo en libertad con el resto, pues el trabajo es, como el sentido común indica, lo más abundante del mundo. Este tipo de cierres empresariales son mejoras del sistema productivo pues libera trabajadores de actividades superfluas en aras de otras más provechosas.

Como queda demostrado, lo que menos necesitamos es que la Merkel nos permita envilecer un euro que a estos efectos se comporta como una especie de patrón oro limitador de los fraudes. Y no lo permite porque equivaldría a dejarse robar impunemente. Si Europa fuera un Estado, el poder político esclavizaría a los eficientes y trabajadores alemanes, salvo que amenazaran con la independencia, en beneficio de la incompetencia y el despilfarro mayoritario. Afortunadamente, no lo es y no se puede imponer ese tipo de políticas demenciales que nos perjudican a todos aunque tácticamente pueda parecer que nos benefician. Ni mucho menos esto es una apología del nacionalismo, un tipo de socialismo de los más peligrosos, sino de la libertad individual y del respeto a la propiedad privada, pero eso ya es otro tema.

Hay otras formas de explicar la realidad, y si es usted honesto y tanto aprecia el debate y la opinión constructiva, debería darles cabida en su programa. Espero que en el futuro lo haga.

5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Puedo ser muy breve: el ser humano es un fin en sí mismo, por tanto, no es lícito ejercer violencia sobre ningún individuo pacífico.

      Todo lo demás es un corolario, de modo que quien acepte el sencillo principio anterior viene obligado a asumir sus necesarias consecuencias, algunas de las cuales trato de esclarecer o revalidar en este blog.

      Cualquiera que se oponga de buena fe al anarcoliberalismo debe demostrar que al menos en ciertas especiales circunstancias es preciso esclavizar a la gente. Un socialista o estatista debería ir mucho más allá y probar la necesidad de la coacción común y sistemática.

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    2. Hola, acabo de leer algo que me resulta un tanto sorprendente.
      realmente ¿ el hombre es un fin en si mismo? ¿ en cualquier dircustancia y codicion? ¿ sin in portar la erica, ni la dignidad ?
      ¿ no debe ser la teoria politica. un es quema de mejora, perfeccionamiento, y superacion o evolucion social, y por ende humana?
      sinceramente,ese planteamiento, sin mas, y como axioma, se me antoja un tanto arriesgado.
      Saludos.

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    3. Postular que el hombre es un fin en sí mismo significa que no puede ser reducido a mera herramienta al servicio de nadie ni de nada. El ser humano no tiene otra finalidad que su plena realización; es decir, poder actuar pacíficamente en la medida de su capacidad natural sin sufrir ninguna clase de violencia inicial. No es un medio para satisfacer ningún tipo de fines de supuestos dioses o iluminados, ni de entes colectivos reificados, como la patria, la clase social, la revolución o la sociedad. Y, por supuesto, no cabe la menor excepción a este principio ético.

      Se trata, insisto, del principio ético más fundamental y necesario que cabe concebir. Por tanto, cualquier teoría política que no lo respete pisotea sin duda toda idea de dignidad humana. No veo dónde está la sorpresa, el riesgo ni la contradicción.

      Gracias por intervenir, pero espero que concretes un poco más lo que quieres decir. ¿Cuál es esa suprema finalidad a la que, según tú, debería estar supeditado el ser humano?

      Saludos.

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  2. Ningún individuo es igual a otro; pero todos dependemos de La comida, el pan, la ropa, la casa, y el intercambio con otros. El orden SOLO REQUIERE estudio, y CAPACITACIÓN intelectual e industrial.

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