viernes, 5 de abril de 2013

SI NO HAY POLÍTICA, ¿QUÉ?

Es habitual que mamandurrieros y políticos profesionales reivindiquen la política – con total imparcialidad, por supuesto, pues es sabido que ellos no tienen ningún interés personal en mangonear y parasitar nada-, amenazando con toda clase de males si ésta desapareciese. La alternativa a la política, nos dicen con esa sonrisilla cínica que les caracteriza, son las dictaduras o el caos violento. Según este típico discurso mafioso, la única alternativa a su violencia serían violencias todavía peores.

Sin embargo, en virtud de un simple análisis de conceptos, la alternativa lógica a la política, a la violencia, es su antítesis, la Ley. En la medida que no haya gobierno, es decir, que nadie imponga con violencia su voluntad e intereses particulares a la gente pacífica, se cumplirá el imperativo categórico, la ley universal autónoma y racional consustancial al ser humano como fin en sí mismo. Por consiguiente, no se precisa más que la mera ausencia de violencia, de gobierno, para que de modo automático rija la más fundamental garantía de paz, libertad y orden espontáneo. Pero hete aquí que los políticos, esa suerte de autoproclamados violentos bondadosos, nos anuncian la paradoja suprema: para impedir la dictadura de los malos, la violencia perversa, es preciso desarrollar una preventiva buena violencia; lo cual, dicho así, no pasaría de ser una grosera petición de principio, una previa e injustificada arrogancia de supuestas cualidades que bendigan actos rechazables per se. Pasemos, pues, a desentrañar qué entienden los políticos por buena violencia.

Sería una violencia aceptable la dirigida al bien común o interés general, desiderátum que cualquier tirano genocida estaría dispuesto a suscribir sin ningún empacho y que en abstracto queda muy bien siempre y cuando no haya obligación de especificar de qué demonios se habla. No obstante, es perfectamente posible definir el interés general sin la menor contradicción. El único interés general que existe es el imperio de normas generales y abstractas que garanticen la libertad individual; o dicho de manera equivalente: el interés general es la erradicación del inicio de la violencia sobre individuos pacíficos.

Ojo, porque hemos llegado al meollo de la cuestión: la política pretende justificarse como el monopolio de la violencia dirigida al interés general, pero siendo el único interés general posible la abolición de la violencia inicial, la contradicción lógica resulta insoluble y repugnante. La mentira queda al descubierto de manera patente y definitiva certificando la muerte de la política.

Quienes confunden el interés general con el particular de un grupo, por fuerte o mayoritario que sea, deberían, en un acto de honestidad y coherencia, condenar la Ley, el principio general de que el individuo está amparado por derechos fundamentales e inalienables, y aplaudir el discrecional inicio de la violencia… contra ellos mismos. Deberían explicar cómo el bien común puede consistir en la permanente amenaza de violación de los derechos de cualquiera, o mejor, en que nadie posea tales derechos básicos e inquebrantables; cómo, en definitiva, es posible alcanzar el bienestar de todos con la desgracia de cada uno.

La obvia alternativa a la política es la Ley y la libertad, el prolífico libre mercado, la cooperación mutuamente beneficiosa, el verdadero bienestar general. También se acabarían los miopes privilegios y las injustas discriminaciones en que tantos se han instalado.


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