lunes, 20 de octubre de 2014

ANARQUÍA ANTICAPITALISTA: UN IMPOSIBLE LÓGICO

Voy a responder aquí, ya que en la bitácora donde aparece no se permite insertar más de un breve párrafo por comentario, al artículo  titulado "El anarcocapitalismo no existe".
Lo que en realidad no existe es ese anarquismo comunista coactivo que defiendes, porque tal quimera sí que constituye un oxímoron irracional. Quien se contradice brutalmente eres tú, como te voy a demostrar a continuación.
Los anarquistas estamos radicalmente en contra del dominio violento inicial del hombre por el hombre. Ahora bien, es preciso definir con absoluta nitidez a qué nos referimos cuando hablamos de violencia, más que nada para evitar situaciones absurdas como que a mí no me guste tu manera de vestir y te rompa la cabeza pretendiendo que es justa represalia a tu “violencia” indumentaria previa. No definir bien la violencia implica una situación de conflicto y guerra permanente, pues cualquier agresión podría justificarse alegando una supuesta violencia anterior. Si todo es violencia, nada lo es.
¿Qué es violencia? Para no caer en definiciones circulares y subjetivas, una buena heurística sería acudir al derecho penal común. Digamos que se trataría de promediar el concepto histórico de “violencia” que emplean los jueces del mundo. Creo que nadie sensato podría oponerse a asumir este criterio: violenta sería cualquier conducta personal castigada por un juez típico.
Ahora viene la pregunta del millón: ¿por qué la clásica retórica anticapitalista habla de “explotación” y no de “violencia”? Pues porque es evidente que no se refieren a lo mismo. Un anticapitalista parte del error fundamental de creer que las cosas tienen un valor intrínseco, dado de antemano. Exigir más a cambio es abusar o explotar. De manera que, por ejemplo, si andas muerto de sed por el desierto y aparezco ofreciéndote una botella de agua por un millón de euros, te estaría explotando. Pero no te estaría violentando. Violencia y explotación son conceptos muy distintos. Ningún juez corriente condenaría como reo de explotación a un vendedor que exigiera un precio superior al que el comprador considera justo (o viceversa), y no lo haría porque es evidente no sólo que no se trata de una conducta violenta ni mucho menos, sino que ni siquiera sería tipificable.
Violencia y explotación no son equiparables en modo alguno, y reaccionar con violencia ante un supuesto abuso es una desproporción criminal inaceptable. Si yo te miento, tú no puedes pegarme una puñalada ni meterme en la cárcel. La mentira es una inmoralidad que hay que corregir en su medida, por ejemplo, recriminando tal actitud ante los demás, pero sin sacar las cosas de quicio matando moscas a cañonazos.
No se puede tratar de corregir supuestos abusos o explotaciones, que en cualquier caso está claro que no son violentos, empleando una violencia inicial que todo anarquista debe rechazar por definición. Por consiguiente, si hablas de violencia y explotación indiscriminadamente, como si fueran agresiones de similar entidad, un control de precios, por poner un ejemplo, te parecerá algo razonable ya que corregiría un potencial abuso (un supuesto precio injusto que, sin embargo, ningún juez imparcial condenaría) con una preventiva violencia real (una clara limitación de la propiedad privada que entre particulares cualquier arbitro ecuánime castigaría); pero con tal actitud demuestras no ser un verdadero anarquista que rechaza el inicio de la violencia, pues la estarías ejerciendo no como respuesta a otra violencia sino a una supuesta explotación potencial que está claro que no lo es. Huelga decir que un anarquista que no rechace el inicio de la violencia sí que es una contradicción en los términos, pues supone justificar una agresión, un poder, que se dice abominar.
Es por ello que un anarquista verdadero está obligado a ser capitalista, o sea, a defender la libre actuación de la gente en paz y respeto al prójimo sin interferencias violentas. ¿Que fruto de esa libertad alguien propone acuerdos inaceptables? Rechácense sin más, pero no se viole la propiedad privada ni se coacciones a nadie, que es lo peor que puede suceder.
Comentas sin concretar que múltiples violencias estatales generan explotación. Lo que procede es identificar y atajar esas violencias que aludes, porque son malas en sí mismas con independencia de lo que generen, que es irrelevante en un primer análisis. El mal a combatir es la violencia, cualquier violencia; no eso que os habéis inventado (la explotación) para justificar la vuestra. Aprovecharse ocasionalmente de una debilidad ajena puede ser muy inmoral, pero no equiparable a la violencia sistemática, la mayor con diferencia de todas las inmoralidades, y  mucho menos combatible mediante ésta. Es la violencia estatal y política lo que genera esas debilidades permanentes de las que algunos (políticos) se aprovechan, pero en una sociedad libre, en un libre mercado, toda debilidad es transitoria y reversible de inmediato. En una sociedad libre, capitalista, cuando un trabajador eficiente  crea riqueza y la ofrece a cambio de que otros satisfagan sus deseos, puede parecer que les está obligando pero no es en absoluto cierto: los acuerdos son siempre voluntarios por definición; eventualmente, es posible que incluso se aproveche de una imperiosa necesidad de alguien para aumentar de manera temporal sus precios, pero los mercados libres tienden automáticamente al equilibrio y tales desajustes se corrigen por sí solos. En los mercados libres no existen  privilegios ni  debilidades o dependencias permanentes que explotar, eso sólo lo crea la violencia gubernamental. Sin embargo, grotesco sarcasmo, los estatales campeones de la violencia (de hecho, la monopolizan) y la opresión explotan las bajas pasiones del populacho, la envidia y el resentimiento, contra los trabajadores más eficientes y, por tanto, más ricos para justificar el despotismo oficial: agradecer nuestra violencia, nos dicen, pues sin ella no habría redistribución ni justicia social. Así crean miseria, desempleo y legiones de dependientes de subsidios y subvenciones estatales que explotar a gusto; auténticos esclavos víctimas de una violencia muy real, pero estúpidamente felices creyendo que sus amos y explotadores políticos les protegen de una ficticia “explotación” capitalista.
Lo que no tiene el menor sentido es que un anarquista muerda ese anzuelo. No se puede estar en contra de todo poder, de todo inicio de la agresión y querer abolir el libre mercado y la propiedad privada, porque para ello, para suprimir la libertad, es necesario constituir un poder y negar la anarquía. Los llamados anarquistas comunistas soy la viva contradicción y un imposible lógico evidente.
Si me dices que los “anarquistas comunistas” sólo pretendéis constituiros en comunas libres con propiedad colectiva de los medios de producción y estricto reparto igualitario de beneficios, pero sin obligar a nadie a integrarse en ellas ni inmiscuiros en la vida de los que piensan diferente y desean organizarse de otro modo, entonces no hay ningún problema. Venga esa mano. Cada cual que se organice y viva a su manera voluntaria y pacíficamente y que colabore o no con los demás según sus deseos. Pero es que a eso, precisamente, se le llama libre mercado, hijo: múltiples sistemas o comunidades voluntarias compitiendo (en el sentido de que, inevitablemente, unos serán más prósperos y harán más felices a sus miembros que otros)  en libertad.
A continuación  aclararé algunas de tus confusiones. Los liberales no estamos en contra de la gestión colectiva de recursos y asuntos, como tú aseguras, sino que somos radicales defensores de la propiedad privada. Creemos que el único bien moral absoluto es el ser humano, que no es sacrificable en beneficio de ninguna otra entidad, llámese pueblo, nación, raza, clase, etc. Si no se reconoce la propiedad privada, para empezar, nadie tiene derecho a la vida ni a procurarse medios de subsistencia, pues nadie estaría seguro de poder consumirlos. ¿Propiedad privada colectiva? Bien, siempre que se haya constituido de manera consensuada sin imposiciones ni usurpaciones ningún liberal tendrá nada que objetar.
Eso de que la gestión de la vida y recursos es colectiva, en el sentido de que todos aportan el mismo esfuerzo y mérito a la generación de riqueza, es notoriamente falso. Ahora bien, el reparto de beneficios podrá ser individual, en función del mérito, o colectivo, en función de la necesidad, según libremente se acuerde. Los liberales no presuponemos nada al respecto, sólo que lo que se decida sea unánimemente aceptado y acordado desde el principio; nadie puede ser obligado a integrarse en un sistema productivo y distributivo que no desee.
Reducir el liberalismo a egoísmo es una simpleza de parecido calibre a reducir el socialismo a envidia, pero además falsa por completo, ya que la libertad se puede emplear para fines tanto egoístas como altruistas.
Si el capitalismo se basara, tal como aseguras, (por cierto, intenta poner algún ejemplo ilustrativo) en el latrocinio o apropiación particular por la fuerza de lo que a todos pertenece, ya no sería una práctica económica basada en la propiedad privada, los contratos y el libre cambio y mercado, sino un contubernio bélico-político sustentado en el saqueo y la violencia. Atila  Gengis Kan, Hitler y Stalin habrían sido prototipos de capitalistas y cualquier pirata, un respetable empresario. Quien puede robar lo de todos con mayor facilidad robará lo de uno y entonces no existirá propiedad privada como concepto jurídico sino mera posesión a merced del más bestia. Si tú crees que ésa es la definición correcta de “capitalismo”, entonces es evidente que no estamos hablando de lo mismo. ¿Cómo el capitalismo puede representar a un tiempo propiedad privada irrestricta y latrocinio? Si falseas una idea para atacarla, estarás criticando un fantasma que sólo existe en tu mente. Si la adulteras y tergiversas al punto de que parezca denotar justo lo contrario de su auténtico significado, en lugar de criticarla, de hecho, la estarás apoyando. Cuando denuncias pillajes y apropiaciones indebidas, te adhieres de manera implícita al principio de propiedad capitalista. Cuando denigras las miserias y desamparos, abominas del socialismo, su principal promotor objetivo. Si, como insinúas, estás radicalmente en contra del robo y de la corrupción moral (y, por tanto, de los impuestos y coacción política), habrá que entender  que en realidad estás a favor de la propiedad privada (individual y colectiva) y de los  acuerdos libres y voluntarios. Habrá que entender que eres anarcoliberal aunque no lo sepas.
Capitalismo no es guerra ni conquista sino principio de no agresión. Es una concepción y filosofía de vida fundada en el escrupuloso respeto a la libertad y dignidad del ser humano y sus derechos de propiedad La privatización de la propiedad común muchas veces es la mejor solución a la llamada tragedia de los comunes, pero es condición liberal-capitalista que con ello nadie salga perjudicado ni vea menoscabados sus derechos.
Dices que los ricos generan miseria de la que tratan de huir generando más miseria. Si eso fuera cierto ya estaríamos todos muertos hace tiempo o convertidos al comunismo. Pero lo que cayó fue el Muro de Berlín, ese muro levantado para que la gente no huyera desesperada del “edén” comunista. Lo cierto es que  el capitalismo moderno trajo la producción masiva y creó la suficiente riqueza para que la población mundial se multiplicara por diez. Sin la capitalista revolución industrial lo más probable es que tú no existieras: debes literalmente la vida al capitalismo.
Dices que el liberal sólo persigue su interés. Es cierto, pero ese interés no tiene por qué ser monetario y puede ser altruista; por el contrario, históricamente se demuestra que quienes dicen preocuparse del interés de los demás no suelen tener en cuenta su opinión, pues creen gozar de una mente omnisciente que les faculta para conocer lo que les conviene a otros y lo imponen a sangre y fuego. La tiranía y la miseria son consecuencia inevitable del afán de ciertos “sabios” por proporcionarnos lo que necesitamos, que, por lo visto, sólo ellos  conocen y no nosotros. Adam Smith comprendió bien que cuando la gente trata de satisfacer sus fines personales coadyuva, como dirigida por una mano invisible, a la prosperidad general de la sociedad aunque no fuera ésa su intención original. Cuando un “gran timonel” comunista se empeña en que seamos felices a su manera, la ruina y el asesinato son el desenlace inevitable.
Sin embargo, poca cordura y congruencia cabe esperar de un anarquista tan especial como tú que adora el Estado y se queda tan ancho –menudo panegírico has soltado al final de tu perorata en defensa de lo necesario que te parece el Estado-, pero tiene la desfachatez de mantener que anarquismo y capitalismo, anarquismo y libertad, son ideas antagónicas. No se lo pierdan, el anarquista estatista dando lecciones de integridad y coherencia a los demás. ¡Vaya morro que tienes!
No sé qué cálculos habrás hecho, pero si el común de los mortales obtuviera más y mejores servicios a cambio de sus impuestos que los que podría conseguir en un libre mercado, tales exacciones no se llamarían impuestos. Se llamarían derechos, tasas o franquicias, serían totalmente voluntarias y habría que racionarlas, puesto que rigurosamente el Estado estaría financiando a la gente y no al revés.
Los impuestos, la obligación de pagar por servicios no solicitados, los pagan quienes por definición se ven forzados a un intercambio desventajoso y si, como aseguras tan ufano, la mayoría nos beneficiamos con el “contrato estatal”, sólo habría que obligar en el peor de los casos  a una minoría de ricachos que sufriera pérdidas netas; a la mayoría restante bastaría con expulsarla del régimen público cuando pretendieran escamotear su simbólica contribución, sin que debiera existir la menor obligación de integrarse en el sistema (sólo los más ricos); es más, se incentivarían las renuncias pues, en la medida que menos perceptores netos hubiera, más viable y solvente sería lo público. Si  tus conjeturas fueran ciertas debería de haber campañas incitando a la mayoría a abandonar el sistema apelando a la solidaridad con eslóganes como “sea responsable y manténgase por su cuenta, que ya gana bastante” Este razonamiento lógico tan sencillo demuestra que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad de quienes pagamos impuestos, resultamos sin género de dudas perjudicados.     





domingo, 9 de febrero de 2014

CRÍTICA DEL OBJETIVISMO.

Comenzaré presentando mis respetos hacia Ayn Rand, pensadora brillante y concienzuda con la que me siento básicamente identificado en el espíritu de su discurso, pero no en la letra.

No es difícil advertir que la mujer se hizo un lío de tres pares de narices. Persuadida de que todo sistema político se origina y fundamenta en una teoría ética, creyó necesario dotar al sistema político económico que defendía, el capitalismo de laissez faire, de una propia, la denominada ética objetivista, que contraponer a los, según ella, funestos códigos morales altruistas que han causado  “siglos de calamidades y desastres”. Vamos, que éramos pocos y parió la abuela. Como el capitalismo es ingenuamente rechazado por egoísta e insolidario, a esta buena señora no se lo ocurrió otra cosa que echar leña al fuego y decir que sí, egoísta y a mucha honra. Entró al trapo y se metió en un cenagal sin ninguna necesidad.

Porque en lo tocante a la ética, después del imperativo categórico del gran Kant no se puede decir nada interesante: “Obra según una máxima tal que se torne en ley universal”. Se acabó, todo lo demás son pamemas. Y esa ley o principio universal sólo puede ser que a ningún hombre se le permita iniciar la violencia contra otro. Tal sagrada ley no es un mero principio político de la ética objetivista, sino la piedra angular de la ética formal o racional. Es la ley natural.

Hablando con propiedad, la ética, como la justicia o la libertad, es concepto negativo; es decir, no es un principio de acción sino de inacción. Así como es libre no quien puede hacer lo que le dé la gana, sino el que no padece coacción, es ético no quien hace algo, sino quien se abstiene de violentar a los pacíficos.

Ni el capitalismo ni el hombre precisan de una guía de acción positiva. El gran error de Rand fue creer que sí. Basta con que ningún inicio de violencia les perturbe ¿A qué viene esa obsesiva crítica al altruismo? Resulta por completo indiferente que los fines pacíficos  promotores de la acción humana sean egoístas o altruistas; lo sustantivo es que sean libremente elegidos e implementados sin injerencias violentas. Parece inaudito que Rand haya caído en semejante confusión.

DEMENCIAL  ATAQUE AL ALTRUISMO.

Rand se ensaña con unos supuestos códigos morales altruistas culpables de todos los males de la humanidad. Serían los que decretan que “toda acción realizada en beneficio de los demás es buena y toda acción realizada en beneficio propio es mala”. Lo primero que cabe destacar es que tales códigos sólo existen en su imaginación, puesto que resulta evidente que ninguna moral condena, por ejemplo, alimentarse o evitar el peligro ni aprueba la satisfacción de cualquier interés o baja pasión por el mero hecho de ser ajenos. Es importante advertir que se trata de algo más que un abuso expresivo o licencia retórica: Rand cree realmente que para el altruismo, objeto de sus iras, “el beneficiario de una acción es el único criterio de comparación del valor moral de ésta, y mientras el beneficiario sea cualquiera salvo uno mismo, todo está permitido”.

En este punto, una primera y llamativa perplejidad nos invade. Aunque fuera cierto y no, como en realidad es, un notorio disparate que las denominadas éticas altruistas valoren una acción con el exclusivo criterio de quién sea el beneficiario de la misma ¿qué necesidad tiene Rand de abanderar el egoísmo por mucho que matice el concepto? Si, según ella, el altruismo se caracteriza por aprobar sólo los actos en beneficio de otros, su antítesis, el egoísmo, se opondrá admitiendo sólo el lucro propio y será, por tanto igual de reprobable. Tan absurdo es considerar igualmente inmorales a un industrial que amasa una fortuna y a un delincuente que asalta un banco, dado que ambos buscan obtener riqueza para su propio beneficio –indecente juicio moral del altruismo, según la autora-, como considerarlos igualmente morales –paralelo indecente juicio moral del egoísmo-. Los intentos de  Rand de hacerse trampas en el solitario reformulando a su antojo el concepto “egoísmo” son palmariamente falaces, puesto que por mucho que trate a posteriori de adornarlo, para evitar vulnerabilidades, no puede negar que es antitético de “altruismo” y si éste último comienza por definirlo ad hoc, para poder atacarlo a gusto, como el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio ajeno, todo beneficio ajeno y nada más que el beneficio ajeno, su antítesis tendrá que ser el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio propio, todo beneficio propio y nada más que el beneficio propio. Definir un concepto de manera cómoda para poder denostarlo y  pretender que su homólogo contrario significa lo que nos dé la gana es como un duelista que exigiera a su rival absoluta inmovilidad mientras él no para de moverse: una vulgar fullería.

Analicemos el virtuoso egoísmo de Rand. Se apresura a desvincularse del significado canónico o convencional de “egoísmo”; es decir, la condición de quien atiende sólo el propio e inmediato interés. Parece una platónica que reniega de los diccionarios convencida de que las palabras tienen una vida propia, una esencia, que debemos descubrir. Así, egoísta sería, según ella, “un hombre que se respete a sí mismo, un hombre cuya vida se sostenga por su esfuerzo personal, y ni se sacrifique por otros ni sacrifique a otros para su propio beneficio” No es una definición precisa, objetiva u operativa, pero ella cree que aquilata mejor la idea y acuña una nueva acepción embellecedora. El problema es que ésta resulta abiertamente inconsistente, porque si eso significa ser egoísta ¿qué significa lo contrario, ser altruista? ¿Ser alguien que no se respete a sí mismo y cuya vida se sostenga por el esfuerzo de otros, sacrificándose a veces por los demás y sacrificando en otras ocasiones a los demás para su propio beneficio? Rand manipula y distorsiona a su antojo el significado de las palabras aun a costa de caer en groseros sinsentidos, hasta que éstas pierden su utilidad pues ya no se sabe de qué se está hablando. Corromper el lenguaje es corromper el debate.

Sus pueriles intentos de redimir el concepto “egoísmo” sólo aciertan a refrendar lo evidente, lo que no precisa de ninguna apología pues cae por su propio peso: que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, que en la inmensa mayoría de situaciones la prioridad de cada uno ha de ser preocuparse por el propio interés antes que por el de extraños. Valiente perogrullada. Pero a quien procede así nadie le tacha de egoísta, sino que tal adjetivo se reserva para el que es incapaz de la menor generosidad, del menor esfuerzo por los demás sin retribución inmediata. Y esta actitud de racional no tiene nada, porque es patente que la mejor despensa para guardar alimentos excedentes es la barriga de los demás y su agradecimiento –primitivo contrato de seguro-; es notorio  que si un individuo realiza un pequeño esfuerzo para que otro obtenga un gran beneficio y viceversa, los dos saldrán ganando; es palmario que toda cooperación se basa en la confianza y en la satisfacción de los intereses contrarios. El egoísmo genuino es sumamente irracional y un lastre para el desarrollo humano, diga lo que diga Ayn Rand.

Similares consideraciones se pueden hacer sobre el patético ataque randiano al altruismo, noción que deforma hasta lo ridículo equiparándola al parasitismo; pero un parásito que explota a los demás es un brutal egoísta, no ningún altruista. Baste decir que en estricta coherencia con el pensamiento de Rand, dejar morir a los hijos por falta de atención no sería necesariamente una acción inmoral; a tales extremos de crueldad y locura conduce la descalificación genérica e irresponsable que perpetra de la idea de altruismo.

Recapitulando, Rand pretende haber realizado un capital descubrimiento: al contrario de lo que señala en sentido común, el egoísmo sería una virtud y el altruismo un vicio. ¿Cómo lo demuestra? Distorsionando los conceptos y restringiendo el análisis a los cuidadosamente escogidos supuestos que a ella le convienen. De una parte, descalifica global e indiscriminadamente el altruismo, reduciéndolo a un absurdo: la doctrina de que es malo preocuparse por el interés personal y bueno cualquier acto en beneficio de los demás por irracional que sea y sin que importe ningún otro criterio. En cambio, se cuida mucho de distinguir entre lo que llama egoísmo nietzscheano -la otra cara de la moneda, el inverso correspondiente al monstruo altruista que perfiló- y el, según ella, genuino egoísmo plasmado en el afán racional por el propio interés. Es decir, una actitud que ninguna moral conocida ha considerado jamás egoísta, el afán racional por el propio interés, es para la autora la perfección del egoísmo, mientras que una particular perversión que nadie sensato llamaría altruista, la gozosa esclavitud masoquista, agota para ella la noción de altruismo sin que quepa una versión racional que explique la proliferación de la tendencia a anteponer en ocasiones el interés inmediato ajeno al propio, universal en la naturaleza y sociedad. Nos hallamos, por consiguiente, a todas luces, ante una descarada parcialidad  similar al chovinismo de quien pretendiera demostrar la superioridad de sus paisanos por el burdo procedimiento de mencionar y destacar sólo exagerados  desastres foráneos, ignorando los éxitos, y, al revés, negando la nacionalidad a los compatriotas infames, reservándola sólo a quienes hubiesen protagonizado alguna gesta.

EL MAL ES LA COACCIÓN, NO EL ALTRUISMO.

Es muy cierto que  ideologías perversas han manipulado y utilizado de manera espuria la virtud altruista para arrimar el ascua a su sardina. Es muy cierto que han apelado y apelan al altruismo para fomentar el sacrificio borreguil a sus malignos intereses. Pero no es menos cierto que de idéntico modo han tergiversado y tergiversan  los conceptos de libertad y justicia y no por eso vamos a declararnos injustos y enemigos de la libertad. Parece mentira que alguien como Ayn Rand haya podido morder ese anzuelo.

Declararse egoísta, por muchos absurdos malabarismos dialécticos que se empleen, es de una estupidez insólita, no ya porque suponga otorgar armas al enemigo para que te machaque con razón, sino porque es un burdo error intelectual. Ninguna idea de libertad necesita de gente egoísta ni de códigos de conducta positivos, sino de ausencia de coacción. Punto. Si un individuo es libre, lo será para afanarse en procurar el bien ajeno aun a costa del propio o al revés, porque los fines y la búsqueda de la felicidad pertenecen al individuo y ni Rand ni ningún socialista son quiénes para señalar  caminos a nadie; sólo se puede y se debe exigir el uso de medios legítimos. Porque son los medios pacíficos, aquellos que no inician la violencia, los que justifican los fines, por muy equivocados que puedan parecernos, y no al revés. Así, sería perfectamente legítimo concebir el plan de destruir a la humanidad siempre que existiera compromiso de no emplear jamás ningún tipo de inicio de compulsión física o violencia, limitándose, por ejemplo, a aconsejar el suicidio en masa.

No necesitamos que Rand o cualquier otro iluminado nos trace senderos ni morales prácticas obligatorias. Con el exclusivo y fundamental principio ético basado en el imperativo categórico, la ley racional de no iniciar la violencia, no sólo es bastante sino el máximo bagaje exigible. No existe ningún otro deber categórico, lo demás son competitivos deberes hipotéticos que cada cual es muy libre de asumir en orden a implementar sus particulares fines.

CONSECUENCIAS DE DECLARARSE EGOÍSTA.

Debería estar muy claro que el capitalismo, el compromiso de no violentar a ningún pacífico, lejos de ser intrínsecamente egoísta como pretenden sus enemigos y asumió neciamente Ayn Rand, es en realidad la apoteosis del más puro altruismo objetivo: la obligación de satisfacer  los intereses ajenos como condición previa a la satisfacción de los propios. Poco importa que ésa sea la intención original o no, porque éste es el evidente resultado. Cualquiera preocupado por el bienestar, propio y/o ajeno, con independencia de en qué orden, debe aceptarlo como el sistema socioeconómico más perfecto que pueda existir.

Reputar de egoísta al capitalismo es el despropósito más estúpido o sibilino y malvado que cabe concebir. Equivale a, por ejemplo, tacharlo de obeso y taciturno u otros adjetivos improcedentes

Tal despropósito constituye ante todo un fatal error intelectual que supone la pérdida de referencias objetivas, la miopía relativista y el acomodo de conceptos a conveniencias particulares. Análogo atropello al que comete el socialista que, de hecho, se declara buen ladrón y discriminador positivo que privilegia a los “débiles”, dado que roba y violenta para los pobres o el Estado; o el militar agresor que se tiene por buen homicida, ya que le mueve el bien de la patria. Lo mismo que Rand habla de la virtud del egoísmo, podrían estos otros hablar de las virtudes del robo y el asesinato, corrompiendo nociones básicas al punto de asimilar sus discursos a la mayor arbitrariedad y contaminando de raíz cualquier proyecto ideológico.

Pero tampoco son desdeñables los efectos de orden práctico o colaterales derivados de coquetear con bajas pasiones y malos instintos. Mitificar el egoísmo y reivindicarlo con orgullo equivale a convocar a los peores desalmados, que al fin se sentirán patrocinados y prestigiados. Como no podía ser de otro modo, el credo objetivista se ha convertido en nido de serpientes, un foco de fanatismo e irracionalidad impermeable a cualquier debate donde se defienden con impudicia barbaridades tales  como que unos padres pueden abandonar a su suerte a sus hijos cuando les plazca; una grotesca caricatura de  ese “salvaje liberalismo” tan al gusto de socialistas y colectivistas de todo pelaje. Como muestra de ello tenemos la página de Internet “objetivismo.org”, una especie de secta dirigida por un cretino de malas entrañas, un estafador intelectual que se presenta como un amante de la razón y el debate, pero que borra por sistema cualquier réplica que le pone en evidencia y no puede rebatir.

En resumidas cuentas, la música de Ayn Rand era buena, pero la letra infame y susceptible de grotescas interpretaciones para quien no sepa leer entre líneas. Con amigos tan confundidos el capitalismo y la libertad no necesitan enemigos.




domingo, 19 de enero de 2014

¿QUÉ FUE ANTES, EL HUEVO O LA GALLINA?

Sin la menor duda: el huevo. Algo que no era una gallina puso un huevo de gallina, pero es imposible que una gallina saliera de un huevo de otra cosa.

Ese aparente dilema insoluble que perturbaba nuestras mentes infantiles en realidad tenía una solución muy sencilla que además elucida el recurrente y artificioso debate del aborto. En efecto, si el ser humano surgiera después del instante de la concepción, sería una auténtica creación de la nada que exigiría una intervención divina, hipótesis infalsable que los adictos al método científico no podemos contemplar. Cualquier otra explicación hay que demostrarla y no basta con suponerla, pero los “escépticos” abortistas se parapetan tras ese dogma de fe y pretenden hacernos creer, nada menos, que una gallina puede surgir ¿por arte de magia? de un huevo de otra cosa o que un ser humano comienza a serlo después de la concepción,  en un instante que no precisan y en virtud de un inescrutable fenómeno del que tienen noticia no se sabe por qué misteriosa revelación.

Algo que no era una gallina, aunque sin duda se le parecía mucho, puso un huevo de gallina. Es decir, el salto cualitativo entre especies no puede tener lugar sino a nivel molecular, genético, y se materializa en el instante que los gametos conforman el cigoto, el nuevo ADN, no después, como es obvio. La brecha esencial que postulan los abortistas entre el embrión y ser humano no es, por definición, de orden inferior a la que existe entre especies, por tanto, debería forzosamente implicar un cambio genético que está claro que no sucede o, en su defecto, una misteriosa catarsis mística inaceptable desde el paradigma científico. Nos encontramos, pues, con el sarcasmo de que quienes descalifican, con total error, la condena del aborto como inspirada en meros prejuicios religiosos no pueden apoyar sus convicciones, en el mejor de los casos, más que en una suerte de secretas mediaciones sobrenaturales; creencias absurdas sin otra explicación que la mera conveniencia hedonista. Al menos, las creencias religiosas convencionales han debido superar un selectivo y secular control de calidad como toda institución social establecida.

No faltan tampoco quienes, conscientes de la imposibilidad de negar al embrión la condición de ser humano, se refugian, en una disparatada vuelta de tuerca, en marrulleros enredos semánticos. Instauran así una curiosa y arbitraria distinción entre seres humanos potenciales y reales. Por supuesto, según ellos, los seres humanos potenciales carecen de derechos. Es decir, preconizan una diferencia esencial (no gradual) entre el ser potencial y el real, del tipo, pongamos por caso, que existe entre un asesino, un cadáver, una embarazada, un aprobado, el hielo, etc. potenciales y los reales. Diferencias esenciales que se caracterizan, por definición, por un salto de fase o discontinuidad puntual, por un evento o fenómeno concreto que separa los dos estados con total precisión (Nadie puede ser un poquito asesino o un poco cadáver, estar un poco embarazada, suspenso o congelado; hay que asesinar, morirse o alcanzar el punto de temperatura adecuado para consumar la transformación esencial). Si entre el embrión y el ser humano real existe una diferencia esencial, la pregunta es, por consiguiente ¿cuándo se muere el embrión, el ser humano potencial, para que viva, para que surja el ser humano real? Tendrá que haber un misterioso instante clave ¿acaso una intervención divina? que hasta ahora nadie ha podido concretar porque, desde luego, no es nada evidente.

Si la transición de embrión a ser humano es gradual y no cualitativa (como por ejemplo, de niño a adulto o de delgado a gordo), entonces nada más hay que añadir: no existen diferencias esenciales entre la dignidad de un embrión y la de un ser humano.

Más necio y ridículo todavía es afirmar que un apéndice infectado o un tumor también son células humanas vivas y está claro que extirparlos no es un asesinato, cuando resulta obvio que el apéndice o el tumor no conforman un organismo completo sino una parte de él. Nadie sostiene que un ser humano sea algo meramente constituido de células humanas vivas, sino bastante más, a saber, una plena unidad orgánica y funcional no subsumida en un orden superior.

Debate cerrado. El aborto es un homicidio y a sus partidarios no les queda otra que argumentar, como hacían los nazis, por qué es tolerable, al menos en ciertas situaciones,  matar a seres humanos inocentes e indefensos. No lo harán, porque viven cómodamente inmersos en el imperio de la mentira y son cobardes hasta el tuétano, incapaces de enfrentarse a las implicaciones de unas premisas que aplican, pero que no reconocen abiertamente. Premisas que se compendian en un radical desprecio al derecho inherente de todo ser humano: el derecho a que no sea iniciada violencia contra él.

Conscientes de su inferioridad dialéctica, los abortistas soslayan el único aspecto relevante de la cuestión, rebatir que el aborto constituya homicidio, limitándose a confundir y distraer con pamplinas y demagogia. Así, son habituales en la propaganda abortista despropósitos tales como aducir que el aborto no es un capricho, que las mujeres tienen derechos y no están obligadas a procrear,  que no existe un consenso universal sobre la inmoralidad del aborto o que es “una exigencia democrática irrenunciable” separar la Iglesia del Estado. Objeciones absurdas puesto que si el aborto no es homicidio no vienen al caso, ya que sería aceptable cualquier interrupción del embarazo por caprichosa que fuera; y si lo es, menos aún proceden, puesto que, salvo legítima defensa, nada justifica un homicidio por buenos motivos que crea tener el asesino. Es obvio que nadie que se oponga al aborto niega que una mujer tenga derechos o pueda hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, sino que argumentamos que matar a un nonato es cometer homicidio, delito que, por supuesto, no puede constituir ningún derecho. Atribuir falsas intenciones o falsear las tesis contrarias supone una argucia burda en extremo típica de quienes carecen de argumentos solventes; y a eso se reduce la propaganda abortista. Por otra parte, la falta de consenso no demuestra nada, pues, por ejemplo, tampoco existe sobre la eugenesia o el genocidio y nadie en su sano juicio la alegaría para defender a un homicida común. Respecto al cliché de la separación Iglesia y Estado hay que recordarles, una vez más y las que hagan falta, a estos ignaros y tramposos que confunden con absoluta mala fe la adscripción obligatoria de los poderes del Estado a principios religiosos, propia de una teocracia, con la libertad de participación política y libre promoción de ideas que se supone asiste a cualquiera, aunque se sea católico.

En definitiva, asistimos a una burda manipulación orquestada por parte de individuos y medios sin escrúpulos que conscientes de haber perdido la batalla de la razón se hunden en la deshonestidad intelectual más desvergonzada, como lo prueba el hecho de que traten sistemáticamente no sólo de ignorar sino de vetar lo que no pueden rebatir. Rabiosos e impotentes, recurren a toda clase de argucias y malas artes como se ha demostrado, precipitándose en la peor abyección: la irracionalidad cobarde. En efecto, las ideologías totalitarias manifiestas, siendo en extremo perversas, se puede decir que hacían gala de su sectarismo e irracionalidad, se las veía venir; quemaban libros sin rubor y aplastaban cualquier disensión sin disimulos. Estos nuevos canallas propician una especie de totalitarismo encubierto que ataca a traición.