domingo, 19 de enero de 2014

¿QUÉ FUE ANTES, EL HUEVO O LA GALLINA?

Sin la menor duda: el huevo. Algo que no era una gallina puso un huevo de gallina, pero es imposible que una gallina saliera de un huevo de otra cosa.

Ese aparente dilema insoluble que perturbaba nuestras mentes infantiles en realidad tenía una solución muy sencilla que además elucida el recurrente y artificioso debate del aborto. En efecto, si el ser humano surgiera después del instante de la concepción, sería una auténtica creación de la nada que exigiría una intervención divina, hipótesis infalsable que los adictos al método científico no podemos contemplar. Cualquier otra explicación hay que demostrarla y no basta con suponerla, pero los “escépticos” abortistas se parapetan tras ese dogma de fe y pretenden hacernos creer, nada menos, que una gallina puede surgir ¿por arte de magia? de un huevo de otra cosa o que un ser humano comienza a serlo después de la concepción,  en un instante que no precisan y en virtud de un inescrutable fenómeno del que tienen noticia no se sabe por qué misteriosa revelación.

Algo que no era una gallina, aunque sin duda se le parecía mucho, puso un huevo de gallina. Es decir, el salto cualitativo entre especies no puede tener lugar sino a nivel molecular, genético, y se materializa en el instante que los gametos conforman el cigoto, el nuevo ADN, no después, como es obvio. La brecha esencial que postulan los abortistas entre el embrión y ser humano no es, por definición, de orden inferior a la que existe entre especies, por tanto, debería forzosamente implicar un cambio genético que está claro que no sucede o, en su defecto, una misteriosa catarsis mística inaceptable desde el paradigma científico. Nos encontramos, pues, con el sarcasmo de que quienes descalifican, con total error, la condena del aborto como inspirada en meros prejuicios religiosos no pueden apoyar sus convicciones, en el mejor de los casos, más que en una suerte de secretas mediaciones sobrenaturales; creencias absurdas sin otra explicación que la mera conveniencia hedonista. Al menos, las creencias religiosas convencionales han debido superar un selectivo y secular control de calidad como toda institución social establecida.

No faltan tampoco quienes, conscientes de la imposibilidad de negar al embrión la condición de ser humano, se refugian, en una disparatada vuelta de tuerca, en marrulleros enredos semánticos. Instauran así una curiosa y arbitraria distinción entre seres humanos potenciales y reales. Por supuesto, según ellos, los seres humanos potenciales carecen de derechos. Es decir, preconizan una diferencia esencial (no gradual) entre el ser potencial y el real, del tipo, pongamos por caso, que existe entre un asesino, un cadáver, una embarazada, un aprobado, el hielo, etc. potenciales y los reales. Diferencias esenciales que se caracterizan, por definición, por un salto de fase o discontinuidad puntual, por un evento o fenómeno concreto que separa los dos estados con total precisión (Nadie puede ser un poquito asesino o un poco cadáver, estar un poco embarazada, suspenso o congelado; hay que asesinar, morirse o alcanzar el punto de temperatura adecuado para consumar la transformación esencial). Si entre el embrión y el ser humano real existe una diferencia esencial, la pregunta es, por consiguiente ¿cuándo se muere el embrión, el ser humano potencial, para que viva, para que surja el ser humano real? Tendrá que haber un misterioso instante clave ¿acaso una intervención divina? que hasta ahora nadie ha podido concretar porque, desde luego, no es nada evidente.

Si la transición de embrión a ser humano es gradual y no cualitativa (como por ejemplo, de niño a adulto o de delgado a gordo), entonces nada más hay que añadir: no existen diferencias esenciales entre la dignidad de un embrión y la de un ser humano.

Más necio y ridículo todavía es afirmar que un apéndice infectado o un tumor también son células humanas vivas y está claro que extirparlos no es un asesinato, cuando resulta obvio que el apéndice o el tumor no conforman un organismo completo sino una parte de él. Nadie sostiene que un ser humano sea algo meramente constituido de células humanas vivas, sino bastante más, a saber, una plena unidad orgánica y funcional no subsumida en un orden superior.

Debate cerrado. El aborto es un homicidio y a sus partidarios no les queda otra que argumentar, como hacían los nazis, por qué es tolerable, al menos en ciertas situaciones,  matar a seres humanos inocentes e indefensos. No lo harán, porque viven cómodamente inmersos en el imperio de la mentira y son cobardes hasta el tuétano, incapaces de enfrentarse a las implicaciones de unas premisas que aplican, pero que no reconocen abiertamente. Premisas que se compendian en un radical desprecio al derecho inherente de todo ser humano: el derecho a que no sea iniciada violencia contra él.

Conscientes de su inferioridad dialéctica, los abortistas soslayan el único aspecto relevante de la cuestión, rebatir que el aborto constituya homicidio, limitándose a confundir y distraer con pamplinas y demagogia. Así, son habituales en la propaganda abortista despropósitos tales como aducir que el aborto no es un capricho, que las mujeres tienen derechos y no están obligadas a procrear,  que no existe un consenso universal sobre la inmoralidad del aborto o que es “una exigencia democrática irrenunciable” separar la Iglesia del Estado. Objeciones absurdas puesto que si el aborto no es homicidio no vienen al caso, ya que sería aceptable cualquier interrupción del embarazo por caprichosa que fuera; y si lo es, menos aún proceden, puesto que, salvo legítima defensa, nada justifica un homicidio por buenos motivos que crea tener el asesino. Es obvio que nadie que se oponga al aborto niega que una mujer tenga derechos o pueda hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, sino que argumentamos que matar a un nonato es cometer homicidio, delito que, por supuesto, no puede constituir ningún derecho. Atribuir falsas intenciones o falsear las tesis contrarias supone una argucia burda en extremo típica de quienes carecen de argumentos solventes; y a eso se reduce la propaganda abortista. Por otra parte, la falta de consenso no demuestra nada, pues, por ejemplo, tampoco existe sobre la eugenesia o el genocidio y nadie en su sano juicio la alegaría para defender a un homicida común. Respecto al cliché de la separación Iglesia y Estado hay que recordarles, una vez más y las que hagan falta, a estos ignaros y tramposos que confunden con absoluta mala fe la adscripción obligatoria de los poderes del Estado a principios religiosos, propia de una teocracia, con la libertad de participación política y libre promoción de ideas que se supone asiste a cualquiera, aunque se sea católico.

En definitiva, asistimos a una burda manipulación orquestada por parte de individuos y medios sin escrúpulos que conscientes de haber perdido la batalla de la razón se hunden en la deshonestidad intelectual más desvergonzada, como lo prueba el hecho de que traten sistemáticamente no sólo de ignorar sino de vetar lo que no pueden rebatir. Rabiosos e impotentes, recurren a toda clase de argucias y malas artes como se ha demostrado, precipitándose en la peor abyección: la irracionalidad cobarde. En efecto, las ideologías totalitarias manifiestas, siendo en extremo perversas, se puede decir que hacían gala de su sectarismo e irracionalidad, se las veía venir; quemaban libros sin rubor y aplastaban cualquier disensión sin disimulos. Estos nuevos canallas propician una especie de totalitarismo encubierto que ataca a traición.





2 comentarios:

  1. Si abortar es un homicidio, ¿comerse un huevo frito es asesinar una gallina?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si acostumbras a cenar un par de embriones humanos fritos, sí, yo diría que eres un caníbal. Pero pregunta a la gente a ver qué opina...

      Eliminar