domingo, 9 de febrero de 2014

CRÍTICA DEL OBJETIVISMO.

Comenzaré presentando mis respetos hacia Ayn Rand, pensadora brillante y concienzuda con la que me siento básicamente identificado en el espíritu de su discurso, pero no en la letra.

No es difícil advertir que la mujer se hizo un lío de tres pares de narices. Persuadida de que todo sistema político se origina y fundamenta en una teoría ética, creyó necesario dotar al sistema político económico que defendía, el capitalismo de laissez faire, de una propia, la denominada ética objetivista, que contraponer a los, según ella, funestos códigos morales altruistas que han causado  “siglos de calamidades y desastres”. Vamos, que éramos pocos y parió la abuela. Como el capitalismo es ingenuamente rechazado por egoísta e insolidario, a esta buena señora no se lo ocurrió otra cosa que echar leña al fuego y decir que sí, egoísta y a mucha honra. Entró al trapo y se metió en un cenagal sin ninguna necesidad.

Porque en lo tocante a la ética, después del imperativo categórico del gran Kant no se puede decir nada interesante: “Obra según una máxima tal que se torne en ley universal”. Se acabó, todo lo demás son pamemas. Y esa ley o principio universal sólo puede ser que a ningún hombre se le permita iniciar la violencia contra otro. Tal sagrada ley no es un mero principio político de la ética objetivista, sino la piedra angular de la ética formal o racional. Es la ley natural.

Hablando con propiedad, la ética, como la justicia o la libertad, es concepto negativo; es decir, no es un principio de acción sino de inacción. Así como es libre no quien puede hacer lo que le dé la gana, sino el que no padece coacción, es ético no quien hace algo, sino quien se abstiene de violentar a los pacíficos.

Ni el capitalismo ni el hombre precisan de una guía de acción positiva. El gran error de Rand fue creer que sí. Basta con que ningún inicio de violencia les perturbe ¿A qué viene esa obsesiva crítica al altruismo? Resulta por completo indiferente que los fines pacíficos  promotores de la acción humana sean egoístas o altruistas; lo sustantivo es que sean libremente elegidos e implementados sin injerencias violentas. Parece inaudito que Rand haya caído en semejante confusión.

DEMENCIAL  ATAQUE AL ALTRUISMO.

Rand se ensaña con unos supuestos códigos morales altruistas culpables de todos los males de la humanidad. Serían los que decretan que “toda acción realizada en beneficio de los demás es buena y toda acción realizada en beneficio propio es mala”. Lo primero que cabe destacar es que tales códigos sólo existen en su imaginación, puesto que resulta evidente que ninguna moral condena, por ejemplo, alimentarse o evitar el peligro ni aprueba la satisfacción de cualquier interés o baja pasión por el mero hecho de ser ajenos. Es importante advertir que se trata de algo más que un abuso expresivo o licencia retórica: Rand cree realmente que para el altruismo, objeto de sus iras, “el beneficiario de una acción es el único criterio de comparación del valor moral de ésta, y mientras el beneficiario sea cualquiera salvo uno mismo, todo está permitido”.

En este punto, una primera y llamativa perplejidad nos invade. Aunque fuera cierto y no, como en realidad es, un notorio disparate que las denominadas éticas altruistas valoren una acción con el exclusivo criterio de quién sea el beneficiario de la misma ¿qué necesidad tiene Rand de abanderar el egoísmo por mucho que matice el concepto? Si, según ella, el altruismo se caracteriza por aprobar sólo los actos en beneficio de otros, su antítesis, el egoísmo, se opondrá admitiendo sólo el lucro propio y será, por tanto igual de reprobable. Tan absurdo es considerar igualmente inmorales a un industrial que amasa una fortuna y a un delincuente que asalta un banco, dado que ambos buscan obtener riqueza para su propio beneficio –indecente juicio moral del altruismo, según la autora-, como considerarlos igualmente morales –paralelo indecente juicio moral del egoísmo-. Los intentos de  Rand de hacerse trampas en el solitario reformulando a su antojo el concepto “egoísmo” son palmariamente falaces, puesto que por mucho que trate a posteriori de adornarlo, para evitar vulnerabilidades, no puede negar que es antitético de “altruismo” y si éste último comienza por definirlo ad hoc, para poder atacarlo a gusto, como el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio ajeno, todo beneficio ajeno y nada más que el beneficio ajeno, su antítesis tendrá que ser el afán por satisfacer y apreciar sólo el beneficio propio, todo beneficio propio y nada más que el beneficio propio. Definir un concepto de manera cómoda para poder denostarlo y  pretender que su homólogo contrario significa lo que nos dé la gana es como un duelista que exigiera a su rival absoluta inmovilidad mientras él no para de moverse: una vulgar fullería.

Analicemos el virtuoso egoísmo de Rand. Se apresura a desvincularse del significado canónico o convencional de “egoísmo”; es decir, la condición de quien atiende sólo el propio e inmediato interés. Parece una platónica que reniega de los diccionarios convencida de que las palabras tienen una vida propia, una esencia, que debemos descubrir. Así, egoísta sería, según ella, “un hombre que se respete a sí mismo, un hombre cuya vida se sostenga por su esfuerzo personal, y ni se sacrifique por otros ni sacrifique a otros para su propio beneficio” No es una definición precisa, objetiva u operativa, pero ella cree que aquilata mejor la idea y acuña una nueva acepción embellecedora. El problema es que ésta resulta abiertamente inconsistente, porque si eso significa ser egoísta ¿qué significa lo contrario, ser altruista? ¿Ser alguien que no se respete a sí mismo y cuya vida se sostenga por el esfuerzo de otros, sacrificándose a veces por los demás y sacrificando en otras ocasiones a los demás para su propio beneficio? Rand manipula y distorsiona a su antojo el significado de las palabras aun a costa de caer en groseros sinsentidos, hasta que éstas pierden su utilidad pues ya no se sabe de qué se está hablando. Corromper el lenguaje es corromper el debate.

Sus pueriles intentos de redimir el concepto “egoísmo” sólo aciertan a refrendar lo evidente, lo que no precisa de ninguna apología pues cae por su propio peso: que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, que en la inmensa mayoría de situaciones la prioridad de cada uno ha de ser preocuparse por el propio interés antes que por el de extraños. Valiente perogrullada. Pero a quien procede así nadie le tacha de egoísta, sino que tal adjetivo se reserva para el que es incapaz de la menor generosidad, del menor esfuerzo por los demás sin retribución inmediata. Y esta actitud de racional no tiene nada, porque es patente que la mejor despensa para guardar alimentos excedentes es la barriga de los demás y su agradecimiento –primitivo contrato de seguro-; es notorio  que si un individuo realiza un pequeño esfuerzo para que otro obtenga un gran beneficio y viceversa, los dos saldrán ganando; es palmario que toda cooperación se basa en la confianza y en la satisfacción de los intereses contrarios. El egoísmo genuino es sumamente irracional y un lastre para el desarrollo humano, diga lo que diga Ayn Rand.

Similares consideraciones se pueden hacer sobre el patético ataque randiano al altruismo, noción que deforma hasta lo ridículo equiparándola al parasitismo; pero un parásito que explota a los demás es un brutal egoísta, no ningún altruista. Baste decir que en estricta coherencia con el pensamiento de Rand, dejar morir a los hijos por falta de atención no sería necesariamente una acción inmoral; a tales extremos de crueldad y locura conduce la descalificación genérica e irresponsable que perpetra de la idea de altruismo.

Recapitulando, Rand pretende haber realizado un capital descubrimiento: al contrario de lo que señala en sentido común, el egoísmo sería una virtud y el altruismo un vicio. ¿Cómo lo demuestra? Distorsionando los conceptos y restringiendo el análisis a los cuidadosamente escogidos supuestos que a ella le convienen. De una parte, descalifica global e indiscriminadamente el altruismo, reduciéndolo a un absurdo: la doctrina de que es malo preocuparse por el interés personal y bueno cualquier acto en beneficio de los demás por irracional que sea y sin que importe ningún otro criterio. En cambio, se cuida mucho de distinguir entre lo que llama egoísmo nietzscheano -la otra cara de la moneda, el inverso correspondiente al monstruo altruista que perfiló- y el, según ella, genuino egoísmo plasmado en el afán racional por el propio interés. Es decir, una actitud que ninguna moral conocida ha considerado jamás egoísta, el afán racional por el propio interés, es para la autora la perfección del egoísmo, mientras que una particular perversión que nadie sensato llamaría altruista, la gozosa esclavitud masoquista, agota para ella la noción de altruismo sin que quepa una versión racional que explique la proliferación de la tendencia a anteponer en ocasiones el interés inmediato ajeno al propio, universal en la naturaleza y sociedad. Nos hallamos, por consiguiente, a todas luces, ante una descarada parcialidad  similar al chovinismo de quien pretendiera demostrar la superioridad de sus paisanos por el burdo procedimiento de mencionar y destacar sólo exagerados  desastres foráneos, ignorando los éxitos, y, al revés, negando la nacionalidad a los compatriotas infames, reservándola sólo a quienes hubiesen protagonizado alguna gesta.

EL MAL ES LA COACCIÓN, NO EL ALTRUISMO.

Es muy cierto que  ideologías perversas han manipulado y utilizado de manera espuria la virtud altruista para arrimar el ascua a su sardina. Es muy cierto que han apelado y apelan al altruismo para fomentar el sacrificio borreguil a sus malignos intereses. Pero no es menos cierto que de idéntico modo han tergiversado y tergiversan  los conceptos de libertad y justicia y no por eso vamos a declararnos injustos y enemigos de la libertad. Parece mentira que alguien como Ayn Rand haya podido morder ese anzuelo.

Declararse egoísta, por muchos absurdos malabarismos dialécticos que se empleen, es de una estupidez insólita, no ya porque suponga otorgar armas al enemigo para que te machaque con razón, sino porque es un burdo error intelectual. Ninguna idea de libertad necesita de gente egoísta ni de códigos de conducta positivos, sino de ausencia de coacción. Punto. Si un individuo es libre, lo será para afanarse en procurar el bien ajeno aun a costa del propio o al revés, porque los fines y la búsqueda de la felicidad pertenecen al individuo y ni Rand ni ningún socialista son quiénes para señalar  caminos a nadie; sólo se puede y se debe exigir el uso de medios legítimos. Porque son los medios pacíficos, aquellos que no inician la violencia, los que justifican los fines, por muy equivocados que puedan parecernos, y no al revés. Así, sería perfectamente legítimo concebir el plan de destruir a la humanidad siempre que existiera compromiso de no emplear jamás ningún tipo de inicio de compulsión física o violencia, limitándose, por ejemplo, a aconsejar el suicidio en masa.

No necesitamos que Rand o cualquier otro iluminado nos trace senderos ni morales prácticas obligatorias. Con el exclusivo y fundamental principio ético basado en el imperativo categórico, la ley racional de no iniciar la violencia, no sólo es bastante sino el máximo bagaje exigible. No existe ningún otro deber categórico, lo demás son competitivos deberes hipotéticos que cada cual es muy libre de asumir en orden a implementar sus particulares fines.

CONSECUENCIAS DE DECLARARSE EGOÍSTA.

Debería estar muy claro que el capitalismo, el compromiso de no violentar a ningún pacífico, lejos de ser intrínsecamente egoísta como pretenden sus enemigos y asumió neciamente Ayn Rand, es en realidad la apoteosis del más puro altruismo objetivo: la obligación de satisfacer  los intereses ajenos como condición previa a la satisfacción de los propios. Poco importa que ésa sea la intención original o no, porque éste es el evidente resultado. Cualquiera preocupado por el bienestar, propio y/o ajeno, con independencia de en qué orden, debe aceptarlo como el sistema socioeconómico más perfecto que pueda existir.

Reputar de egoísta al capitalismo es el despropósito más estúpido o sibilino y malvado que cabe concebir. Equivale a, por ejemplo, tacharlo de obeso y taciturno u otros adjetivos improcedentes

Tal despropósito constituye ante todo un fatal error intelectual que supone la pérdida de referencias objetivas, la miopía relativista y el acomodo de conceptos a conveniencias particulares. Análogo atropello al que comete el socialista que, de hecho, se declara buen ladrón y discriminador positivo que privilegia a los “débiles”, dado que roba y violenta para los pobres o el Estado; o el militar agresor que se tiene por buen homicida, ya que le mueve el bien de la patria. Lo mismo que Rand habla de la virtud del egoísmo, podrían estos otros hablar de las virtudes del robo y el asesinato, corrompiendo nociones básicas al punto de asimilar sus discursos a la mayor arbitrariedad y contaminando de raíz cualquier proyecto ideológico.

Pero tampoco son desdeñables los efectos de orden práctico o colaterales derivados de coquetear con bajas pasiones y malos instintos. Mitificar el egoísmo y reivindicarlo con orgullo equivale a convocar a los peores desalmados, que al fin se sentirán patrocinados y prestigiados. Como no podía ser de otro modo, el credo objetivista se ha convertido en nido de serpientes, un foco de fanatismo e irracionalidad impermeable a cualquier debate donde se defienden con impudicia barbaridades tales  como que unos padres pueden abandonar a su suerte a sus hijos cuando les plazca; una grotesca caricatura de  ese “salvaje liberalismo” tan al gusto de socialistas y colectivistas de todo pelaje. Como muestra de ello tenemos la página de Internet “objetivismo.org”, una especie de secta dirigida por un cretino de malas entrañas, un estafador intelectual que se presenta como un amante de la razón y el debate, pero que borra por sistema cualquier réplica que le pone en evidencia y no puede rebatir.

En resumidas cuentas, la música de Ayn Rand era buena, pero la letra infame y susceptible de grotescas interpretaciones para quien no sepa leer entre líneas. Con amigos tan confundidos el capitalismo y la libertad no necesitan enemigos.