lunes, 20 de octubre de 2014

ANARQUÍA ANTICAPITALISTA: UN IMPOSIBLE LÓGICO

Voy a responder aquí, ya que en la bitácora donde aparece no se permite insertar más de un breve párrafo por comentario, al artículo  titulado "El anarcocapitalismo no existe".
Lo que en realidad no existe es ese anarquismo comunista coactivo que defiendes, porque tal quimera sí que constituye un oxímoron irracional. Quien se contradice brutalmente eres tú, como te voy a demostrar a continuación.
Los anarquistas estamos radicalmente en contra del dominio violento inicial del hombre por el hombre. Ahora bien, es preciso definir con absoluta nitidez a qué nos referimos cuando hablamos de violencia, más que nada para evitar situaciones absurdas como que a mí no me guste tu manera de vestir y te rompa la cabeza pretendiendo que es justa represalia a tu “violencia” indumentaria previa. No definir bien la violencia implica una situación de conflicto y guerra permanente, pues cualquier agresión podría justificarse alegando una supuesta violencia anterior. Si todo es violencia, nada lo es.
¿Qué es violencia? Para no caer en definiciones circulares y subjetivas, una buena heurística sería acudir al derecho penal común. Digamos que se trataría de promediar el concepto histórico de “violencia” que emplean los jueces del mundo. Creo que nadie sensato podría oponerse a asumir este criterio: violenta sería cualquier conducta personal castigada por un juez típico.
Ahora viene la pregunta del millón: ¿por qué la clásica retórica anticapitalista habla de “explotación” y no de “violencia”? Pues porque es evidente que no se refieren a lo mismo. Un anticapitalista parte del error fundamental de creer que las cosas tienen un valor intrínseco, dado de antemano. Exigir más a cambio es abusar o explotar. De manera que, por ejemplo, si andas muerto de sed por el desierto y aparezco ofreciéndote una botella de agua por un millón de euros, te estaría explotando. Pero no te estaría violentando. Violencia y explotación son conceptos muy distintos. Ningún juez corriente condenaría como reo de explotación a un vendedor que exigiera un precio superior al que el comprador considera justo (o viceversa), y no lo haría porque es evidente no sólo que no se trata de una conducta violenta ni mucho menos, sino que ni siquiera sería tipificable.
Violencia y explotación no son equiparables en modo alguno, y reaccionar con violencia ante un supuesto abuso es una desproporción criminal inaceptable. Si yo te miento, tú no puedes pegarme una puñalada ni meterme en la cárcel. La mentira es una inmoralidad que hay que corregir en su medida, por ejemplo, recriminando tal actitud ante los demás, pero sin sacar las cosas de quicio matando moscas a cañonazos.
No se puede tratar de corregir supuestos abusos o explotaciones, que en cualquier caso está claro que no son violentos, empleando una violencia inicial que todo anarquista debe rechazar por definición. Por consiguiente, si hablas de violencia y explotación indiscriminadamente, como si fueran agresiones de similar entidad, un control de precios, por poner un ejemplo, te parecerá algo razonable ya que corregiría un potencial abuso (un supuesto precio injusto que, sin embargo, ningún juez imparcial condenaría) con una preventiva violencia real (una clara limitación de la propiedad privada que entre particulares cualquier arbitro ecuánime castigaría); pero con tal actitud demuestras no ser un verdadero anarquista que rechaza el inicio de la violencia, pues la estarías ejerciendo no como respuesta a otra violencia sino a una supuesta explotación potencial que está claro que no lo es. Huelga decir que un anarquista que no rechace el inicio de la violencia sí que es una contradicción en los términos, pues supone justificar una agresión, un poder, que se dice abominar.
Es por ello que un anarquista verdadero está obligado a ser capitalista, o sea, a defender la libre actuación de la gente en paz y respeto al prójimo sin interferencias violentas. ¿Que fruto de esa libertad alguien propone acuerdos inaceptables? Rechácense sin más, pero no se viole la propiedad privada ni se coacciones a nadie, que es lo peor que puede suceder.
Comentas sin concretar que múltiples violencias estatales generan explotación. Lo que procede es identificar y atajar esas violencias que aludes, porque son malas en sí mismas con independencia de lo que generen, que es irrelevante en un primer análisis. El mal a combatir es la violencia, cualquier violencia; no eso que os habéis inventado (la explotación) para justificar la vuestra. Aprovecharse ocasionalmente de una debilidad ajena puede ser muy inmoral, pero no equiparable a la violencia sistemática, la mayor con diferencia de todas las inmoralidades, y  mucho menos combatible mediante ésta. Es la violencia estatal y política lo que genera esas debilidades permanentes de las que algunos (políticos) se aprovechan, pero en una sociedad libre, en un libre mercado, toda debilidad es transitoria y reversible de inmediato. En una sociedad libre, capitalista, cuando un trabajador eficiente  crea riqueza y la ofrece a cambio de que otros satisfagan sus deseos, puede parecer que les está obligando pero no es en absoluto cierto: los acuerdos son siempre voluntarios por definición; eventualmente, es posible que incluso se aproveche de una imperiosa necesidad de alguien para aumentar de manera temporal sus precios, pero los mercados libres tienden automáticamente al equilibrio y tales desajustes se corrigen por sí solos. En los mercados libres no existen  privilegios ni  debilidades o dependencias permanentes que explotar, eso sólo lo crea la violencia gubernamental. Sin embargo, grotesco sarcasmo, los estatales campeones de la violencia (de hecho, la monopolizan) y la opresión explotan las bajas pasiones del populacho, la envidia y el resentimiento, contra los trabajadores más eficientes y, por tanto, más ricos para justificar el despotismo oficial: agradecer nuestra violencia, nos dicen, pues sin ella no habría redistribución ni justicia social. Así crean miseria, desempleo y legiones de dependientes de subsidios y subvenciones estatales que explotar a gusto; auténticos esclavos víctimas de una violencia muy real, pero estúpidamente felices creyendo que sus amos y explotadores políticos les protegen de una ficticia “explotación” capitalista.
Lo que no tiene el menor sentido es que un anarquista muerda ese anzuelo. No se puede estar en contra de todo poder, de todo inicio de la agresión y querer abolir el libre mercado y la propiedad privada, porque para ello, para suprimir la libertad, es necesario constituir un poder y negar la anarquía. Los llamados anarquistas comunistas soy la viva contradicción y un imposible lógico evidente.
Si me dices que los “anarquistas comunistas” sólo pretendéis constituiros en comunas libres con propiedad colectiva de los medios de producción y estricto reparto igualitario de beneficios, pero sin obligar a nadie a integrarse en ellas ni inmiscuiros en la vida de los que piensan diferente y desean organizarse de otro modo, entonces no hay ningún problema. Venga esa mano. Cada cual que se organice y viva a su manera voluntaria y pacíficamente y que colabore o no con los demás según sus deseos. Pero es que a eso, precisamente, se le llama libre mercado, hijo: múltiples sistemas o comunidades voluntarias compitiendo (en el sentido de que, inevitablemente, unos serán más prósperos y harán más felices a sus miembros que otros)  en libertad.
A continuación  aclararé algunas de tus confusiones. Los liberales no estamos en contra de la gestión colectiva de recursos y asuntos, como tú aseguras, sino que somos radicales defensores de la propiedad privada. Creemos que el único bien moral absoluto es el ser humano, que no es sacrificable en beneficio de ninguna otra entidad, llámese pueblo, nación, raza, clase, etc. Si no se reconoce la propiedad privada, para empezar, nadie tiene derecho a la vida ni a procurarse medios de subsistencia, pues nadie estaría seguro de poder consumirlos. ¿Propiedad privada colectiva? Bien, siempre que se haya constituido de manera consensuada sin imposiciones ni usurpaciones ningún liberal tendrá nada que objetar.
Eso de que la gestión de la vida y recursos es colectiva, en el sentido de que todos aportan el mismo esfuerzo y mérito a la generación de riqueza, es notoriamente falso. Ahora bien, el reparto de beneficios podrá ser individual, en función del mérito, o colectivo, en función de la necesidad, según libremente se acuerde. Los liberales no presuponemos nada al respecto, sólo que lo que se decida sea unánimemente aceptado y acordado desde el principio; nadie puede ser obligado a integrarse en un sistema productivo y distributivo que no desee.
Reducir el liberalismo a egoísmo es una simpleza de parecido calibre a reducir el socialismo a envidia, pero además falsa por completo, ya que la libertad se puede emplear para fines tanto egoístas como altruistas.
Si el capitalismo se basara, tal como aseguras, (por cierto, intenta poner algún ejemplo ilustrativo) en el latrocinio o apropiación particular por la fuerza de lo que a todos pertenece, ya no sería una práctica económica basada en la propiedad privada, los contratos y el libre cambio y mercado, sino un contubernio bélico-político sustentado en el saqueo y la violencia. Atila  Gengis Kan, Hitler y Stalin habrían sido prototipos de capitalistas y cualquier pirata, un respetable empresario. Quien puede robar lo de todos con mayor facilidad robará lo de uno y entonces no existirá propiedad privada como concepto jurídico sino mera posesión a merced del más bestia. Si tú crees que ésa es la definición correcta de “capitalismo”, entonces es evidente que no estamos hablando de lo mismo. ¿Cómo el capitalismo puede representar a un tiempo propiedad privada irrestricta y latrocinio? Si falseas una idea para atacarla, estarás criticando un fantasma que sólo existe en tu mente. Si la adulteras y tergiversas al punto de que parezca denotar justo lo contrario de su auténtico significado, en lugar de criticarla, de hecho, la estarás apoyando. Cuando denuncias pillajes y apropiaciones indebidas, te adhieres de manera implícita al principio de propiedad capitalista. Cuando denigras las miserias y desamparos, abominas del socialismo, su principal promotor objetivo. Si, como insinúas, estás radicalmente en contra del robo y de la corrupción moral (y, por tanto, de los impuestos y coacción política), habrá que entender  que en realidad estás a favor de la propiedad privada (individual y colectiva) y de los  acuerdos libres y voluntarios. Habrá que entender que eres anarcoliberal aunque no lo sepas.
Capitalismo no es guerra ni conquista sino principio de no agresión. Es una concepción y filosofía de vida fundada en el escrupuloso respeto a la libertad y dignidad del ser humano y sus derechos de propiedad La privatización de la propiedad común muchas veces es la mejor solución a la llamada tragedia de los comunes, pero es condición liberal-capitalista que con ello nadie salga perjudicado ni vea menoscabados sus derechos.
Dices que los ricos generan miseria de la que tratan de huir generando más miseria. Si eso fuera cierto ya estaríamos todos muertos hace tiempo o convertidos al comunismo. Pero lo que cayó fue el Muro de Berlín, ese muro levantado para que la gente no huyera desesperada del “edén” comunista. Lo cierto es que  el capitalismo moderno trajo la producción masiva y creó la suficiente riqueza para que la población mundial se multiplicara por diez. Sin la capitalista revolución industrial lo más probable es que tú no existieras: debes literalmente la vida al capitalismo.
Dices que el liberal sólo persigue su interés. Es cierto, pero ese interés no tiene por qué ser monetario y puede ser altruista; por el contrario, históricamente se demuestra que quienes dicen preocuparse del interés de los demás no suelen tener en cuenta su opinión, pues creen gozar de una mente omnisciente que les faculta para conocer lo que les conviene a otros y lo imponen a sangre y fuego. La tiranía y la miseria son consecuencia inevitable del afán de ciertos “sabios” por proporcionarnos lo que necesitamos, que, por lo visto, sólo ellos  conocen y no nosotros. Adam Smith comprendió bien que cuando la gente trata de satisfacer sus fines personales coadyuva, como dirigida por una mano invisible, a la prosperidad general de la sociedad aunque no fuera ésa su intención original. Cuando un “gran timonel” comunista se empeña en que seamos felices a su manera, la ruina y el asesinato son el desenlace inevitable.
Sin embargo, poca cordura y congruencia cabe esperar de un anarquista tan especial como tú que adora el Estado y se queda tan ancho –menudo panegírico has soltado al final de tu perorata en defensa de lo necesario que te parece el Estado-, pero tiene la desfachatez de mantener que anarquismo y capitalismo, anarquismo y libertad, son ideas antagónicas. No se lo pierdan, el anarquista estatista dando lecciones de integridad y coherencia a los demás. ¡Vaya morro que tienes!
No sé qué cálculos habrás hecho, pero si el común de los mortales obtuviera más y mejores servicios a cambio de sus impuestos que los que podría conseguir en un libre mercado, tales exacciones no se llamarían impuestos. Se llamarían derechos, tasas o franquicias, serían totalmente voluntarias y habría que racionarlas, puesto que rigurosamente el Estado estaría financiando a la gente y no al revés.
Los impuestos, la obligación de pagar por servicios no solicitados, los pagan quienes por definición se ven forzados a un intercambio desventajoso y si, como aseguras tan ufano, la mayoría nos beneficiamos con el “contrato estatal”, sólo habría que obligar en el peor de los casos  a una minoría de ricachos que sufriera pérdidas netas; a la mayoría restante bastaría con expulsarla del régimen público cuando pretendieran escamotear su simbólica contribución, sin que debiera existir la menor obligación de integrarse en el sistema (sólo los más ricos); es más, se incentivarían las renuncias pues, en la medida que menos perceptores netos hubiera, más viable y solvente sería lo público. Si  tus conjeturas fueran ciertas debería de haber campañas incitando a la mayoría a abandonar el sistema apelando a la solidaridad con eslóganes como “sea responsable y manténgase por su cuenta, que ya gana bastante” Este razonamiento lógico tan sencillo demuestra que la inmensa mayoría, por no decir la totalidad de quienes pagamos impuestos, resultamos sin género de dudas perjudicados.